Desviándonos hacia el oeste nos topamos con el Museo de la Ciudad de Ho Chi Minh, un edificio neoclásico de color verde en cuyas salas se exponen objetos y artefactos de la lucha comunista por el poder, entre ellos carteles de propaganda y fotografías de época. La calle Nam Ky Khoi Nghia nos llevó hacia el Palacio de la Reunificación, un enrome edificio moderno en el que no entramos, en cambio si lo hicimos en un restaurante, el Ngon Restaurant, donde comimos una de las mejores comidas del viaje, a base de cangrejo a la brasa, ensaladas y almejas, todo cocinado con esmero y con una presentación perfecta, y por el mismo precio que en un restaurante para guiris. Lo que sí visitamos en esa zona fue el Museo de los Recuerdos de la Guerra, el más visitado de Vietnam, en él varias salas muestran a través de fotografías, testimonios, vídeos y armamento los horrores de una guerra que sacudió al mundo en la segunda mitad del siglo XX, donde por primera vez se usaron armas químicas cuyas secuelas aún se pueden ver en los descendientes de familias vietnamitas y soldados de ambos bandos, incluidos los norteamericanos, el famoso gas naranja cuya destrucción nunca podrá ser calculada; merece la pena visitarlo, casi todas las fotografías son de fotógrafos europeos y americanos que murieron durante el conflicto bélico.

Para relajarnos después de tan dramática visita nos dirigimos a la Catedral de Notre Dame, construida a finales del siglo XIX en estilo neorrománico y en cuyos alrededores se encuentran algunas de las mejores cafeterías-reposterías del país, para dar testimonio de ello nos sentamos en la terraza de una de ellas y disfrutamos de capuchinos y distintas tartas de chocolate.

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Fecha: 25 de Febrero de 2008

Lugar: Madrid - España

Tras la visita al Delta del Mekong nos quedaban unas ocho horas de estancia en el país, tomamos un buen desayuno y nos lanzamos a la calle, queríamos visitar una pagoda y realizar las últimas compras. Habíamos leído que la Pagoda del Emperador de Jade es el mejor ejemplo de templo chino de la ciudad y allí nos dirigimos en un taxi, para nosotros fue un templo chino más, con sus inciensos, sus extravagantes estatuas, mucho color rojo y ofrendas de todo tipo ¡luego dicen de los hindús!, pero a mamá le sirvió para hacerse una idea de cómo son los templos en el gran gigante. Las compras fueron más tranquilas de lo esperado, no quedaban muchas personas a las que comprarle un detalle y nos pasamos un buen rato negociando por unos pañuelos, negociando, siempre negociando, así es el Sudeste Asiático...