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Si algún lugar de Vietnam es visitado por todos y cada uno de los extranjeros que pisan esta tierra ese lugar es la Bahía de Halong; la imagen más utilizada en los folletos de las agencias de viajes de todo el mundo para promover el turismo en un país que aún se recupera de las heridas de guerra. Tal y como muestra la película Indochine, protagonizada por Catherine Deneuve, este rincón del mundo vivió tiempos peores cuando los franceses aún gobernaban el Vietnam del Sur, y enviaban a todo tipo de prisioneros a morir o a ser vendidos como esclavos en esta inalcanzable e inmensurable bahía. Hoy los muelles donde se cometían estas atrocidades han sido sustituidos por otros donde los turistas pueden desembarcar y disfrutar de cuevas y playas en alguno de los miles de islotes que pueblan el lugar.
Como todos lo que estábamos allí nuestra excursión sería de dos jornadas, nos recogería un minibús cerca del hotel y, en un trayecto de hora y media, nos dejaría en el centro de visitantes del Parque Natural de Vinh Ha Long, donde nos juntaríamos con miles de personas, unos recién llegados y otros que regresaban; el negocio está tan bien montado, que según un barco llega sobre las 12h30 con un grupo, una hora después ya está de nuevo a la mar con otro grupo, el tiempo justo para aprovisionarse y recibir a los nuevos invitados. Nuestra guía, una chica joven, parecía demasiado excitada para la ocasión, yo diría que aún le duraba la juerga de la noche anterior, trató, sin conseguirlo, de que todo el mundo estuviera a gusto, pero en este tipo de ocasiones es bastante difícil, el otro español del grupo, David, de unos 35 años, comenzó a quejarse desde el primer momento, discretamente eso sí. Es difícil estar seguro de si el precio pagado es acorde con el servicio recibido pero todos tendemos a pensar que no es así, a este chico le habían enseñado unas fotos de un barco y dicha embarcación se encontraba en el embarcadero pero no era la nuestra, según él parecía mejor. Yo traté de que esto no influyera pero a mamá, a la cual hablar con un español siempre le gustaba, acabó creyendo que nos estaban timando, y tal vez fuera así, pero si en algo nos timaron no fue en el barco, todos parecían iguales, sino en la comida, habíamos cogido el circuito vip porque ese incluía mucho más marisco, lo que se tradujo en dos gambas y dos pedazos de calamar.


Aunque el tiempo no acompañó mucho, un eterno nublado amenazaba en todo momento con descargar, pero sólo lo hizo levemente en un par de ocasiones. El barco navegaba suavemente hacia los miles de pináculos que se acumulaban en dirección este mientras a lo lejos se veían muchos más, el espectáculo estaba garantizado ante uno de los paisajes más famosos del mundo. Enseguida llamaron a rancho, estábamos todos muertos de hambre, los cuatro malayos, las tres irlandesas y nosotros cuatro, la comida fue variada pero, como ya he comentado antes, nada abundante en productos del mar.