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El día 10 nos despedíamos de Laura y Yosko y hasta el día 18 no teníamos que recibir a Mónica y a Javi, teníamos una semana para hacer una escapadita de Bangkok y regresar a tiempo para encontrar un buen lugar donde dejar la furgo dos meses durante el tiempo de nuestra estancia en China y Vietnam.
Varias veces habíamos hablado de acercarnos a conocer el verdadero enclave del infame Puente sobre el Río Kwai, en Kanchanaburi, a menos de doscientos kilómetros de Bangkok, este era el momento perfecto. Condujimos hasta allí en una mañana y pronto encontramos donde pasar unos días, en un espacio abierto con algunos árboles a unos doscientos metros del puente.
Kanchanaburi y su puente son un lugar de peregrinación para todo aquel que esté interesado en la historia de la II Guerra Mundial, especialmente para australianos, holandeses, ingleses y americanos, nacionalidades que perdieron unos 16.000 hombres durante la construcción de la maldita línea férrea entre Tailandia y Burma, aunque muchos más fueron los fallecidos entre los trabajadores asiáticos, unos 100.000; los casi 500 km de línea férrea han pasado a la historia con el sobrenombre de el Ferrocarril de la Muerte. La ciudad está preparada para acoger a los visitantes, varios son los familiares de soldados de guerra fallecidos aquí que han montado un negocio y se han instalado en el lugar, no faltan los pubs donde ver partidos de la Premier Ligue o el Torneo de las Cinco Naciones.
Quizás la mejor manera de hacer un primer acercamiento a lo que ocurrió aquí entre 1942 y 1943 es visitar el Museo de la Guerra, al menos se necesita una hora para verlo bien y leer todas las explicaciones, sin duda se te pondrán los pelos de punta. La principal causa de que murieran tantos prisioneros de guerra en este lugar fue la prisa, en un primer momento el ritmo de trabajo era aceptable aunque las condiciones fueran difíciles pero al cabo de unos meses una orden de los altos cargos en Japón obligaba a terminar el ferrocarril en un año en vez de cinco, se sometió a los trabajadores a trabajar hasta la extenuación y se racionaron las comidas, muchos cayeron enfermos por estas razones, a lo cual había que añadir las enfermedades tropicales y las condiciones de humedad en la época de lluvias, tuvo que ser un auténtico infierno. El museo explica muy bien cada detalle y con la entrada te invitan a un té o un café en la planta superior, desde donde se ve uno de los cementerios de prisioneros de guerra de la zona. El cementerio es la siguiente visita, un paseo entre las lápidas permitirá a uno hacerse a la idea de las edades y nacionalidades de esos hombres, algunos tenían menos de veinte años, pocos eran realmente mayores.

