El primer contacto con la ciudad moderna lo tuvimos la segunda mañana en Bangkok, mi pasaporte estaba al punto del colapso, no cabía ni un visado más, como mucho el sello de salida de Tailandia, era necesaria una visita a la embajada. Como casi todos los edificios diplomáticos nuestra embajada se encuentra cerca de Sukhumvit, en concreto en la calle Ratchadaphisek junto a la parada Ashok del skytrain. Tal y como me ocurre siempre en estos casos me resultó lento y pesado, aún no he ganado la paciencia suficiente pero voy aprendiendo; para hacerme un nuevo pasaporte necesitaba dos fotos de carnet con fondo blanco, centradas y sin manchas, la mujer que nos atendió en la embajada nos desaconsejó el fotógrafo del primer piso pero como no teníamos mucho tiempo no la hicimos caso, como era de esperar las fotos no valían y tuvimos que regresar a que nos devolviera el dinero y dirigirnos al lugar que ella nos recomendó, a una parada del skytrain, con tal mala suerte de que se les había roto la máquina de impresión y no pudieron hacerme las fotos. Resignada a tener que regresar al día siguiente hice una última intentona en otro estudio de camino a la embajada, cuando nos dieron las fotos quedaban quince minutos para que cerrara, lo mismo que se tardaba en regresar andando, estresados y agotados llegamos a la ventanilla dos minutos antes de que cerrase, esta vez las fotografías parecían ser buenas, aunque no lo sabríamos hasta una semana después, cuando hubiesen llegado hasta las oficinas de Madrid y el funcionario de turno diese visto bueno al escaneo, aunque no ocurrió no habría sido el primer caso de rechazo por parte de las autoridades estatales.

La siguiente visita se demoró un mes, en una misma mañana recogimos mi nuevo pasaporte y un taxi nos llevó por las autopistas elevadas hasta la embajada de China, donde en menos de media hora hicimos los trámites para conseguir el visado, el más rápido del viaje. Esa misma tarde regresaríamos con Laura y Yosko, esta vez a Silom, donde un pequeño mercadillo se instala cada día en la calle Patpong I, centro neurálgico del vicio y el turismo sexual de la capital. No cesaron de ofrecernos distintos espectáculos para observar las desarrolladas artes de las tailandesas para realizar todo tipo de actividades con sus músculos más íntimos, como expulsar pelotas de ping-pong o abrir botellas de coca-cola. En las calles circundantes campan a sus anchas las chicas, los homosexuales, los travestidos, hay para todos los gustos. Nosotros nos decantamos por los masajes en un centro recomendado en la guía, nos dieron una soberana paliza, salimos doloridos de allí, convencidos de que se pasaban un poco, aunque hay que reconocer que nos aliviaron todas las molestias de espalda y achaques de la edad.

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