Primera mañana en Singapur, aún aturdidos por el cambio nos pusimos a andar por la ciudad, nada más salir de Little India llegamos a una ancha avenida donde edificios de apartamentos y oficinas llenaban la vista. Frente a nosotros un enorme edificio acristalado llamó nuestra atención, especialmente la mía, un enorme cartel de Intel tapaba gran parte de la cristalera del Slim Square, un centro comercial de seis plantas dedicado a la electrónica, al entrar quedamos atónitos por los carteles de neon, la primera y segunda planta estaban dedicados a la fotografía, ascensores o escaleras mecánicas te permitían el acceso a las demás plantas, era una locura en la que caímos rápidamente; sabíamos que Singapur era un buen lugar para conseguir electrónica, pero esto nos pareció demasiado (de Singapur saldríamos con unos cascos nuevos, un objetivo para la cámara, una memoria USB nueva, un disco duro minúsculo de 120 Gb y un teclado de goma para el portátil, un kit de limpieza para la cámara y un libro de objetivos de Canon)...., Singapur es una ciudad nociva para las tarjetas de crédito.

Tras nuestro primer golpe de consumo llegamos a una calle comercial donde los puestos regentados por chinos cubrían la acera peatonal. Se repetían los centros comerciales y los puestos que vendían ropa a precio de saldo y, entre todo el barullo, se levantaba un templo taoísta en el que devotos hacían ofrendas de incienso o flores, que compraban en algunos de los puestos a la entrada. Continuamos andando por calles ordenadas y limpias, las prohibiciones aparecen por doquier apostadas en señales, dar de comer a las palomas, montar en bicicleta o en monopatín, fumar y hasta comer chicle está prohibido en algunas zonas de la ciudad (desde luego no me imagino a un policía requisando un chicle) pero así son las cosas aquí, el secreto de que todo funcione con una perfección casi terrorífica es que la población acepta las reglas sin más. La gente va vestida con gusto, impoluta, los coches cumplen las normas de tráfico a la perfección, es casi imposible que un coche no permita el paso a los peatones en un paso de cebra, todo es muy cómodo. Íbamos andando por una de las avenidas principales y nos topamos con el Hotel Raffles, uno de los iconos de la ciudad, un edificio colonial que recibe el nombre del que fuera fundador de la ciudad, allá por el siglo XIX, algo después se llega hasta la catedral de la ciudad, bien resguardada a la sombra del centro comercial Raffles, dos enormes rascacielos circulares.

Index crónicas del Sudeste Asiático
Sigue
Volver
Irónica camiseta turística
Ir a fotos de la crónica
Volver a Asia