Mientras deshacíamos la mochila seguimos comentando que nunca habíamos visto antes unas aguas como éstas, tan transparentes, de un azul perfecto, yo me moría por ponerme las gafas y las aletas e ir en busca de peces, el último chapuzón en la playa de Unawatuna en Sri Lanka me había sabido a nada, Perhentian saciaría mi apetito, ¡y cómo!

A pesar de mis ansias esa mañana sólo nos dimos unos baños e inspeccionamos la zona, pronto nos dimos cuenta que seguramente no pasaríamos muchos días allí, el ambiente era demasiado relajado para nosotros, salvo pasear por la isla e ir a hacer snorkel nada más nos llamaba la atención (ya que lo de las inmersiones definitivamente no va con Rafa), para estar tirados en una playa sin hacer nada preferíamos hacerlo con la furgo, tal y como haríamos la siguiente semana.

Esa tarde nos pusimos el equipo y nadamos inspeccionando el sur de la playa, donde, según nuestros anfitriones del Lemon Grass, hay más variedad de especies, vimos muchos peces loros, de colores fluorescentes, y otras especies que ya habíamos visto en el Mar Rojo, pero de corales nada de nada, salimos del agua un poco decepcionados, tal y como imaginábamos hacer snorkel desde la playa no era nada especial, aunque sabíamos a ciencia cierta que en el tour de snorkel del día siguiente veríamos maravillas. Con todas nuestras esperanzas puestas en el día siguiente nos fuimos a pasear por la isla hasta la hora de cenar, primera la atravesamos de este a oeste, hasta Coral Bay, allí el ambiente era diferente y las instalaciones parecían peores, nos dimos un baño y comprobamos que las aguas no eran ni mucho menos tan agradables como las del otro lado de la isla, eran algo sucias y fangosas, pero estábamos seguros de que cerca se extendían grandes bosques de coral, dado el gran número de restos desperdigados por toda la diminuta bahía. Regresamos justo para el atardecer, nos dio tiempo a caminar hasta el extremo norte de Long Beach, donde hicimos un hallazgo entre los corales muertos, un concha gigante de medio metro y lo menos 30 kilos de peso, estaba muy enterrada y tuvimos que trabajar duro durante la siguiente media hora, o más, luego, escondida en mi pareo, la llevamos hasta la habitación, sintiendo que podría ser ilegal, hasta que vimos que tenían en nuestro hostal una aún más grande, se rieron diciendo que si nos denunciaban nos caería una buena multa; ahora descansa en nuestro trastero, esperando decorar un día esa casa que no tenemos.

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