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Pocos kilómetros al sur de Kuala Besut habíamos penetrado en la provincia de Terenggannu, una de las más turísticas según los folletos publicitarios que nos dieron en la frontera con Singapur. Sus reclamos son varias islas paradisíacas, tipo Perhentian, como Pula Kapas o Pulau Redang, el lago Kensyr, el embalse artificial más grande del Sudeste Asiático, algunas cascadas como Sekayu, su tradicional capital Kuala Terengganu y algunas playas a lo largo de su costa.
Con la intención de visitar el lago al día siguiente dejamos Kampung Jenan hacia las Sekayu Falls, a unos cincuenta kilómetros hacia el oeste, no fue difícil encontrarlas y nos pareció un lugar perfecto para pasar esa noche. Nada más aparcar descargó una de esas tremendas tormentas que nos acompañan día a día en Malasia, no nos incomodó nada, era la hora de comer y con la lluvia estaríamos fresquitos dentro de nuestro hogar, comimos y esperamos a que amainara. Sobre las cuatro metí el bañador, la toalla y una botella de agua en la mochila y juntos nos fuimos a visitar el lugar, aunque Rafa no estaba convencido yo estaba segura de que me podría dar un baño en alguna poza, algunos malayos que regresaban venían empapados y vi algunos niños con flotadores. Pronto mi intuición se vio confirmada, algunas familias descansaban junto a la orilla del río, niños y hombres se bañaban mientras las mujeres observaban charlando; nosotros anduvimos y anduvimos, hasta llegar a un mirador con unas bonitas caídas de agua, un poco más abajo, entre dos saltos de agua, se formaba una poza donde no había nadie, sin dudarlo me cambié y me metí en las gélidas aguas, reconfortantes comparado con el calor reinante en el exterior. Descendimos un poco y llegamos a una zona más amplia, algunos chavales y una familia disfrutaban de las aguas, de nuevo me zambullí mientras Rafa me miraba fumando sobre unas rocas. Mientras me cambiaba en el pequeño vestuario de madera escondido en la selva vi a dos chicas de unos quince años llegar con las toallas, no sólo los chicos disfrutaban de esta maravilla, aunque ellos lo hacían en bañador y ellas seguro lo harían en camiseta y pantalón corto.
Era temprano cuando aparcamos en el aparcamiento del lago Kensyr, tal y como intuíamos, pero no quisimos admitir, no había gran cosa que hacer allí, ya habíamos leído que salvo hacer un tour en barco a motor pagando un excesivo precio no había más actividades, y además el lugar no invitaba a quedarse, estaba muy urbanizado y no encontramos un lugar agradable donde aparcar y disfrutar de las vistas. Viendo el panorama nos hicimos un segundo café con leche condensada, nos lo tomamos junto al agua y nos fuimos.

