Recogimos la furgoneta en la Volkswagen de Bangkok, donde había permanecido durante más de dos meses, y nos pusimos en marcha. Pero antes de dirigirnos a nuestros siguiente destino pudimos disfrutar de la última visita del viaje, de nuevo fue en Bangkok; recogí a Carlos y a Bea en el aeropuerto de la capital a las 5 de la tarde y nos reunimos con Rafa dos horas después en la calle Khao San Road donde nos tomamos unas cervezas antes de ir a cenar a base de pescado a la brasa al koreano que descubrimos en agosto con Mónica y Javi en la calle Rambuttri. Las cinco horas que pasamos juntos fueron muy divertidas y nos pusimos al día de cómo iba el país y nuestros amigos comunes, allí nos despedimos con intención de volver a vernos en el mismo lugar antes de que regresaran, pero no pudo ser, se prepararon un plan tan completo que sólo regresaron a la capital para coger el avión de regreso a Europa.

Mientras ellos vivían la Tailandia más salvaje haciendo rafting, bicicleta y submarinismo, nosotros nos dirigíamos a Laos bajo cuerda, nuestro permiso caducaba al día siguiente, debíamos conducir hasta la frontera y cruzarla en un día, prueba superada gracias al buen estado de las carreteras tailandesas. Nada más cruzar la frontera condujimos al norte, hacia Vang Vieng, uno de esos lugares de los que tanto habíamos oído hablar. El camino fue muy espectacular, montañas afiladas y profundos valles, casi como gargantas, la furgoneta se portó como una campeona y ascendió cada pendiente en segunda.

El pueblo de Vang Vieng nos recibió tras un tramo de carretera polvorienta, atrás quedaron los últimos kilómetros de llano con arrozales y huertas. El pueblo en sí no nos pareció especialmente atractivo, más bien todo lo contrario, salvo cuando te perdías por caminos de tierra roja y descubrías alguna bonita cabaña, lo que sí nos impresionaría era todo aquello que se escondía al otro lado del río, un paisaje de fantasía, con llanos caminos de tierra entre arrozales y cercanas paredes reclamo de escaladores. Esa primera tarde sólo hicimos una pequeña incursión en la zona, sin alejarnos mucho de las cabañas que hay junto al río, pero fue suficiente para entender porque algunos viajeros escogen este lugar para acomodarse una temporada. Lo que no podíamos entender es lo que había llevado a las gentes del lugar a satisfacer los gustos de una comunidad de colgados, muchos de ellos jóvenes israelíes, que se pasan las horas tumbados en una especie de "sala de cine" donde se emiten ininterrumpidamente las distintas temporadas de friends, ¿cómo se podía pasar uno las horas allí tirado estando en un lugar mágico como éste?, en su defensa diré que en esos chiringuitos hacen los mejores batidos de coco y de otras frutas que he probado nunca, pero no es razón suficiente...

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