El Kraton, como ya nos imaginábamos, nos decepcionó un poco, la arquitectura no es el fuerte de la isla, lo componían unos edificios sencillos con amplios patios, en el patio principal un templete decorado con estatuas parecía el lugar de las representaciones de danza y gamelan, aunque en ese momento no había ninguna. Lo que si nos gustó fue ver a los beçak rojos con sus gorros cónicos pedaleando, el contraste con el blanco de la muralla exterior era genial.

Esta vez sí paramos en el mercado del batik, animadísimo, lleno de mujeres regateando, yo hice lo mismo y acabé comprándome un vestido de tirantes por menos de dos euros, me tocó un comerciante muy duro de roer. De allí continuamos paseando hacia el río, un largo paseo bajo un sol abrasador, tendríamos que regresar sobre ruedas después de la visita al mercado local, este amable conductor (fotografía de la izquierda) se llevó una propinilla por dejarnos en el Warung Baru donde comeríamos.

El día aún no había hecho más que empezar, después de la siesta nos dimos un chapuzón en la piscina, para nosotros solos y una pareja de holandeses, y allí mismo nos echamos una partidita de ajedrez. Aunque regresaríamos al día siguiente a hacer unas compras quisimos localizar esa misma tarde el bazar de las antigüedades, el Pasar Triwindu, que ya cerraba cuando lo encontramos. Esa noche, de postre, asistimos a un concierto de gamelan en la sala de música del hostal, aunque muy interesante tenemos que reconocer que acabamos aburridos, la música en sí no es muy entretenida que se diga, con todos nuestros respetos, aún así duramos más que los holandeses.

La segunda jornada fue de relax, pequeños paseos en los alrededores, unas compras y piscina, si alguien va por allí que no dude en alojarse en este lugar, es como trasladarse a otro tiempo y tendrá una superpiscina para él solo.

Cogimos el segundo tren de la mañana hacia Yogja, un relajado viaje de una hora entre las dos capitales del Centro de Java, el vagón parecía uno del metro, con hileras de asientos a ambos lados y mucho espacio en medio para quedarse de pie. Fue uno de los trayectos más agradables en toda Indonesia, con horario fijo y precio fijo, aunque no faltó algún empujón de alguna indonesa maleducada.

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