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El alma de la isla de Java se encuentra en el centro del país, donde dos ciudades acaparan lo mejor de la historia de la isla, ambas poseen palacios, mercados y teatros que atraen tanto a turistas indonesos como a extranjeros, se trata de Solo (o Surakarta) y Yogjakarta (más conocida como Yogja).
La primera de ellas en nuestro itinerario fue Solo, llegamos aquí desde Probolingo en un interminable viaje de 7 horas en una furgoneta compartida con cinco chavales alemanes que se pasaron el trayecto parando a comprar cervezas y a expulsarlas, yo no daba crédito cuando les oí decirle al conductor que parara la primera vez, el hombre al ver el panorama cambió su correcta actitud inicial y acabó apagando el aire acondicionado y fumando como un descosido, al igual que Rafa y alguno de los de atrás, yo viví todo en un duermevela, del que sólo desperté cuando nos dejaron en una calle desierta de la ciudad a las 4 de la madrugada. No dejé que se fuera el conductor hasta que estuve segura de que en el hostal que habíamos escogido nos abrían la puerta, pero debe ser práctica habitual que los clientes lleguen a estas horas intempestivas.
Había escogido la Cakra Guest House porque tenía piscina, un lujito no nos iba a venir mal, la habitación era muy simple, pero estábamos solos en el primer piso, con nuestra terraza y un baño para cada uno. El hotel es un auténtico museo, una antigua fábrica de batik, los muebles de los pasillos y los patios son de madera, verdaderas antigüedades, como las lámparas, la piscina se encuentra en un patio con un pequeño altar en un extremo, el lugar perfecto para relajarse, y como colofón en el hotel hay una sala de música con instrumentos de gamelan, donde cada pocos días se reúne un grupo de aficionados a practicar.
Estábamos tan contentos con nuestro hotel que decidimos pasar allí tres noches, dos días enteros en Solo nos permitirían visitar a fondo la ciudad, con sus mercados y sus palacios. El primer día nos dimos una buena paliza a caminar, tras tomar el desayuno en el concurrido Warung Baru, entrañable cafetería con sabor colonial, nos dirigimos hacia el Kraton, el palacio principal de la ciudad. De camino cruzamos sin detenernos el mercado del batik, el Pasar Klewer, que visitaríamos con más calma al regresar del palacio.

