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Borobudur distará unos 100 kilómetros de Dieng Plateau, pero eso en Indonesia es un dato incierto, ¿cuánto tardaríamos en llegar?, ¿cuántos medios de transporte serían necesarios para tal azaña?, ese día no fue tan duro aunque llegamos muy cansados tras el madrugón, comenzamos nuestro viaje a las 9 de la mañana y sobre las dos ya estábamos allí. Primero fue un autobús hasta Maelang, de allí otro autobús hasta Wonosobo, desde allí..., no, fueron cuatro, desde allí un bemo hasta otra estación, y por fin un autobús hasta Dieng pueblo. El último tramo fue el mejor, ascendíamos una carretera sinuosa pasando por aldeas rodeadas de huertas, el valle se abría ante nuestros ojos para mostrarnos los no tan lejanos conos volcánicos, fuente de la riqueza de estas tierras.
Desembarcamos en uno de los pueblos más polvorientos e inhóspitos que habíamos visto en el país, no se intuía el menor atractivo en la zona, sin embargo nuestra guía y los carteles en las agencias de viajes de las ciudades turísticas mostraban lagos, cráteres en acción y paisajes volcánicos de ensueño. Visitamos todos los alojamientos del lugar, a cada cual peor, no había mucho donde elegir, comenzaba a ensombrecerse el plan de pasar tres noches en esa planicie a 2.000 metros.
Rafa dudó si echarse la siesta o no, finalmente optó por lo segundo, la cama no invitaba nada a quedarse, en su lugar decidimos comenzar a inspeccionar el lugar, si nos organizábamos bien entre esa tarde y la mañana siguiente lo veríamos todo y podríamos huir del lugar. El paseo nos vino bien, aparecieron ante nosotros los atractivos de esa región rural de Indonesia, las huertas se extendían en todas las direcciones, ni atisbo de campos de arroz, patatas, judías, todo tipo de hortalizas, sólo afeadas por algunos plásticos (suponemos que utilizados para proteger algún cultivo o para hace efecto invernadero). Caminamos por la carretera, cruzándonos con gentes que iban y venían con sus sacos en la espalda, íbamos en busca de uno de los cráteres, que parecía estar más lejos de lo que indicaban nuestros esquemas, de hecho cuando nos desvíamos por otra carretera dudamos entre continuar o darnos la vuelta, la bajada era considerable y luego nos tocaría subirla ¡vaya dos vagos! Pero continuamos y continuamos, y llegamos a nuestro destino, no se veía el cráter, era como un lago del que emergían burbujas y vapores sulfurosos.

