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Tuve que ponerme un poco pesada para convencer a Rafa de coger el transporte local en Kedisan, nos lo estaban poniendo muy difícil y tres o cuatro veces al día se nos pasaba por la cabeza pasar de Bali y cruzar a la vecina isla de Java. Aunque esta vez no fue tan complicado hicieron falta tres vehículos y casi tres horas para llegar a Candi Dasa, principal enclave turístico en el este de la isla. Desembarcamos en la carretera, en una zona plagada de negocios enfocados al extranjero, fue sencillo alquilar una moto para los dos días por 35.000 rupias al día, no tanto fue encontrar alojamiento.
Sólo un hostal se adecuaba a nuestro presupuesto, los demás pedían el doble simplemente por estar un poco más cerca de la nada atractiva playa de la localidad. Rama Guest House era perfecta, en un tranquilo rincón alejado de la carretera junto a un estanque de nenúfares conocido como el lagoon; acordamos un precio de 50.000 rupias al día con desayuno para las siguientes tres noches, la habitación era acogedora, con un gran baño con bañera a cielo descubierto y la típica terraza con sillas y una mesa, además del tendedero.
No nos demoramos mucho, una ducha y a la moto, ese día exploraríamos el este, realizando paradas en Amlapura, Ujung, en las colinas al oeste de Amed y los arrozales de Asak. En el primer lugar, antigua capital del reino de Karangasem, visitamos el palacio real Puri Kanginan, para no variar éramos los únicos visitantes. El palacio está formado por distintas edificaciones, muchas de ellas con sus patios cubiertos; un enorme estanque con su templo nos dio la bienvenida a la vez que un extravagante tejado con un huevo gigante blanco y negro llamaba nuestra atención.
Esta parada fue seguida de la primera comida en un restaurante local desde que llegamos a Indonesia, comimos sate de ternera (se supone que el sate o satay proviene de Indonesia, y que los javaneses lo exportaron a la península malaya donde tantas veces lo hemos comido), en este caso venía acompañado de una sopa y la siempre presente ración de arroz blanco, todo por 7.000 rupias por persona, menos de la mitad del precio de cualquier arroz frito o noodles en los restaurantes de guiris. Estuvo bien la experiencia, sobre todo para confirmar nuestra intuición de que la comida en Indonesia no puede ser más cara que en Malasia, como parecía hasta ese momento.

