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Para evitar el calor, en vez de caminar por la carretera principal dimos un rodeo por un barrio humilde, donde las familias extendían los granos de arroz en la calle para que se secaran; descubrimos así un punto de vista muy fotogénico de las Tres Pagodas. Una vez en la entrada del complejo nos alegramos de haber tomado ese desvío ya que nos negábamos a pagar la desorbitada entrada al recinto, doce euros, ya veníamos un poco requemados con los precios de los tickets en China, esto fue la guinda del pastel, como más tarde nos comentaría un viajero italiano que conoce la zona, desde que fue abierta al turismo, las autoridades cada día se inventan un nuevo ticket para visitar "algo", ese "algo" puede ser desde un palacio, hasta una simple cascada, lago, glaciar montaña, garganta, o sencillamente un jardín por el que un año antes paseabas libremente sin rascarte los bolsillos. China se está convirtiendo de esta forma en un destino bastante caro, en un día en Pekín te puedes dejar veinte euros fácilmente en visitar un palacio, un templo y pasear por dos jardines, si las entradas fueran de uno o dos euros, pero no bajan de cinco, ¡están locos!
Una de las principales atracciones de la zona es el lago Erhai, en el que se cree se asentaron los primeros habitantes hace tres mil años, se ubica a 1.973 metros de altitud y ocupa 250 Km2, el séptimo lago de agua dulce del país. Para llegar a él hay que dirigirse al este unos cuatro kilómetros, menos de una hora caminando, también se puede llegar en bicicleta o en autobús. Hay algunos ferries que lo atraviesan y llevan a las aldeas de la otra orilla.
Estas fueron las dos excursiones que realizamos en Dali, el resto del tiempo lo dedicamos a intramuros, a comer en puestos callejeros, ver tiendas de artesanía y sentarnos al atardecer a disfrutar de los últimos rayos con una cerveza fresca, Teresa nos había dejado con adicción. Observamos como los grupos de turistas chinos eran guiados por el centro por chicas ataviadas con el tradicional traje bai, conducidos de tienda en tienda donde saciar su sed consumista.
Dali nos enganchó, sus bellas casas con tejados grises de estilo clásico, sus paredes decoradas con dibujos, sus torres relucientes con colores firmes, sin faltar el rojo y el azul, ni los farolillos rojos esféricos, los estanques y jardines, y unas gentes que parecen haber aceptado con paciencia y comprensión la intromisión de los visitantes, ojalá nunca pierdan la paz y la armonía.


