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Y Rafa describió en su diario la situación: "Jorge y yo volveríamos algo después que Silvia y Teresa (que aguantó el chaparrón de inmundicia con un estoicismo épico). Al pasar la puerta de nuestro vagón nos cerraron con llave, era increíble, estábamos hacinados como cerdos, nos dio una risa medio nerviosa, no nos creíamos lo que estábamos viendo, la gente ocupaba los pasillos y algunas personas estaban sobre otras, además había un fuerte olor a orina, pese al shock decidimos que eso había que grabarlo. Finalmente llegamos saltando sobre la gente hasta nuestros sitios, yo fui parte de lo que quedaba de trayecto sentado en el suelo, con cucarachas correteando a mi alrededor, hubo un chino que directamente se tumbo debajo de los asientos asomando únicamente su cabeza al pasillo. Algo tercermundista."
En estas condiciones no conseguimos descansar nada, a las 4h30 de la madrugada nos apeamos aturdidos en nuestra parada, por fortuna nos estaban esperando para llevarnos al hotel en un rickshaw, cuyo conductor nos llevó sin encender las luces pero sanos y salvos a nuestro destino final. Lo que sí fue una suerte es que nos dieran en ese preciso momento las habitaciones, así pudimos dormir cinco horas y recuperarnos de la experiencia en el tren.
Al despertar pudimos ver el hostal que habíamos reservado por internet, en pleno centro de la ciudad amurallada, en una casa tradicional de dos plantas con patio, las habitaciones estaban decoradas con todo lujo de detalles y la sala de estar junto a la recepción invitaba a quedarse. Allí mismo tomamos el desayuno, hicimos el check-in y a eso de las once iniciamos nuestro primer día en Pingyao, una auténtica joya desconocida.
En la calle se percibe enseguida el ambiente de pueblo, un pueblo que no ha cambiado nada en los últimos doscientos años, calzada de piedra, torres que unen un lado de la calle con el otro y casas tradicionales con sus increíbles fachadas llenas de farolillos y grabados de colores. Pronto nos damos cuenta de que esa es la esencia del lugar, una arquitectura sencilla y fascinante. Por las calles sólo circulan peatones y bicicletas, y alguna moto muy de vez en cuando, ¡qué falta nos hacía este cambio después de nuestro trajín urbano!, primero en Shanghai y luego en Pekín.


