A diez kilómetros del centro histórico de Zhongdian se levanta el complejo monástico lamaísta de Songzanlin, mandado construir por el V Dalai Lama en 1674, a imitación del gran palacio de Potala en Lhasa. En este enorme complejo, construido en la ladera de una colina, vive una numerosa comunidad de monjes y familias que construyen sus casas al amparo de los edificios principales. Existen varias estancias que visitar, las impolutas fachadas de tonos pastel o naranja, con enormes puertas de acceso decoradas con motivos budistas, contrastan con los oscuros y húmedos interiores dedicados a la oración y al estudio, los murales llenan las paredes, las estatuas de buda presiden serenas las salas ante altares con prolíficas ofrendas, la tradición ancestral reflejada en ancianos monjes dando vueltas a los molinos de oración se mezcla con la apariencia de lo novicios, que bajo el vestido rojo esconden zapatillas deportivas de marca mientras mandan mensajes por el móvil.

Seis horas de autobús separan Zhongdian de Deqin, la principal población junto a las montañas Meili, la primera parte del recorrido transcurre entre extensas praderas, caballos y yaks pastan a sus anchas y se esparcen las casas de estilo tibetano, luciendo coloridos ventanales y símbolos budistas pintados en las fachadas. Una carretera bien asfaltada asciende gradualmente, circulamos a la vera del río Amarillo, que algunos kilómetros más adelante se adentrará en un angosto valle, desviándose de nuestro trayecto y formando la Garganta del Salto del Tigre, una de las más profundas del mundo. A las tres horas de viaje comenzamos el ascenso del mayor puerto del trayecto, que culminará a los 4.000 metros de altura, el asfalto desaparece, sustituido por gravilla, la precaria amortiguación del autobús local, los asientos desgastados y las temerarias muestras de habilidad del conductor comienzan a animar un viaje que hasta ese momento había sido tranquilo.

Al pasar el puerto el paisaje cambia drásticamente, hemos llegado a un altiplano y la carretera se hace más estrecha, discurriendo al borde de acantilados y bajo montañas que no inspiran demasiada tranquilidad, tenemos que rebasar más de un deslizamiento de piedras; los matices del otoño adornan los bosques de pinos que se agolpan en las laderas de las montañas, que aquí ya superan con facilidad los cinco mil metros, pero aún no vemos picos nevados y no los veremos hasta aproximarnos a Deqin, donde la imagen de las montañas Meili compensará un viaje que ya empezaba a ser pesado.

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