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Nos pusimos en marcha en seguida comenzando por el Largo do Senado, plaza en torno a la cual se acumulan muchos de los edificios coloniales portugueses. El atractivo pavimento de piedras blancas con ondulaciones negras pasa junto a la Iglesia de São Domingos, y se prolonga en un paseo de quince minutos dando tres curvas en su recorrido hasta llegar a la gran escalera de piedra que conduce a lo que queda de las ruinas de la Iglesia de San Pablo. No caminamos solos, en algunos tramos nos tenemos que abrir camino entre los turistas chinos y sus guías, que abarrotan las calles y en tropel se paran en cualquier puesto o tienda a comprar souvenirs o degustar delicias locales. De dicha iglesia sólo se mantiene en pie la fachada principal, una maravilla arquitectónica de principios del siglo XVII; en lo que en su día fue el interior han instalado una pasarela metálica para subir hasta las ventanas superiores, mirando a través de ellas se ven cientos de personas como hormiguitas y coloridos edificios coloniales en tonos rojizos y amarillos, más allá altos edificios entre los que destaca un excéntrico rascacielos con forma de flor, aún más lejos se intuye el mar y la cercana isla de Taipa. A nuestra espalda el panorama es menos atractivo, torres de pisos se elevan sin ningún sentido, con ventanas minimalistas, auténticas moles de hormigón.
La antigua fortaleza portuguesa se levanta sobre una colina junto a las ruinas de la Iglesia de San Pablo, unos viejos cañones de bronce apuntan amenazantes hacia la ciudad, en varios rincones hay placas con mensajes en portugués. Regresamos al hostal por otro camino, nos defrauda no ver más edificios coloniales, aún así disfrutamos del paseo.
Los neones se han convertido en los protagonistas de las calles cuando salimos, ya de noche, tras darnos una reparadora ducha, los indescifrables caracteres chinos llenan de luz la avenida de Almeida Ribero, principal arteria del centro. Otra luz más amarillenta inunda el Largo do Senado, está repleto de restaurantes, decidimos entrar en uno de estilo clásico y precios moderados. Al sentarnos nos sirven té, pedimos una especie de copos de avena salada con albóndigas y unos noodles con pato, todo muy bueno, al lugar le avala una foto del presidente portugués comiendo en una de sus mesas.


