En el momento de bajar del autobús casi nos arrepentimos de haber hecho caso a esta pareja, aún nos quedaban cuarenta minutos de viaje, esta vez con las mochilas a la espalda, y tal como se veía el panorama sería todo de subida.

El hostal o casa de huéspedes donde nos alojamos se encuentra a una altitud bastante superior a la de Dazhai, en la aldea de Tinatou, hay varias aldeas de cuatro casas desperdigadas entre los arrozales, a cada cual más acogedora, es posible alojarse en cualquiera de ellas o en el pueblo y no creo que haya problema en encontrar habitación, más bien lo contrario, posiblemente el visitante sea el único huésped en una casa de cuarenta habitaciones. Rafa y yo estuvimos solos con una familia Yao de varios miembros, no sabemos exactamente cuantos, pero al menos había cuatro niños, una abuela y cuatro adultos. Con tanto autobús llegamos demasiado tarde para dar un paseo antes del atardecer, nos conformamos con ver la puesta de sol desde allí mientras nos tomábamos un refresco, más tarde devoramos la sabrosa cena a base de verduras y cerdo salteados y unos huevos revueltos.

El despertar fue magnífico en un lugar tan lejano del mundo, no sabíamos muy bien qué hacer y optamos por ir a dar un paseo a uno de los miradores que estaban marcados en los caminos, pero antes paramos en otro hostal donde degustamos una taza de café soluble y compartimos unas palabras con una mujer que viajaba sola. Nos comentó que pensaba ir caminando hasta Ping'an y pensamos que ¡por qué no!, eran tres o cuatro horas de camino por unos parajes asombrosos. Ya decididos regresamos a nuestro hogar después de subir al mirador y rehicimos las mochilas mientras nos preparaban un desayuno, comimos, pagamos la cuenta y emprendimos la marcha.

Los arrozales se extendían perdiéndose en el horizonte, auténticos prodigios del ingenio y la adaptación humana, en este caso a una orografía complicada; en la base son anchos y, a medida que suben en terrazas, se van estrechando, formando unas pirámides simétricas perfectas, en su tope algunas terrazas son tan pequeñas que sólo es posible cultivar en ellas dos o tres hileras de arroz.

Rafita refunfuñó un poco con las primeras subidas, hacía tiempo que no caminábamos tanto rato seguido por el campo, cierto es que las subidas a veces eran bien empinadas y nosotros íbamos con todo nuestro equipaje a cuestas ¿por qué no habríamos dejado parte en la consigna de Longhseng?

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