Nuestra visita a Camboya se centró única y exclusivamente en Angkor y los alrededores de Siem Reap, llevábamos ya más de dos meses con las mochilas y ansiábamos regresar a Bangkok lo antes posible y recuperar la furgoneta. Por esa razón decidimos volar directamente desde Ho Chi Minh hasta aquí, pasar tres días y regresar por tierra a Tailandia. El aeropuerto de Siem Reap es el primer ejemplo del contraste entre riqueza y pobreza que pudimos observar, fue construido para uso exclusivo de los turistas y en él un grupo numeroso de azafatas/os se encarga de recibirnos y mostrarnos el camino al mostrador donde se adquieren los visados: 20$ por persona más 1$ si no tienes fotografía. Compartimos el taxi hasta el centro de la ciudad con una pareja de franceses y allí nos dejamos liar por un moto-carro para que nos acercara a un hotel, el primero de la lista estaba lleno, así que el conductor nos llevó a otro con piscina que estaba lleno de españoles y cuyo precio estaba en 10$ la noche, precio muy distinto de los más de 300$ (hasta 700$) que se paga en los grandes hoteles de lujo que abundan en la diminuta ciudad.

En el poco tiempo que estuvimos pudimos comprobar el estado de subdesarrollo en el que se halla el país, uno de los más pobres de Asia y uno de los más castigados por las guerras en el siglo pasado. El gran lujo de hoteles y restaurante contrasta de forma dramática con los suburbios de la ciudad, a menos de medio kilómetro del centro, en estos barrios las familias viven en casas sobre pilotes asomadas al río, un río donde los deshechos son vertidos a diario sin control; los niños vestidos con harapos asisten a una clase improvisada en una barraca cubierta y las gentes se afanan en sus labores diarias o en los pequeños negocios. Pronto descubrimos que no somos los primeros visitantes y que muchos adultos se sienten como monos de feria, nuestra intención es buena y nuestra actitud respetuosa pero entendemos su aversión hacia nosotros, posiblemente se trata de familias que viven ajenas a los beneficios económicos que el turismo está dejando en la región, sus vidas reflejan la verdadera situación de la mayoría de los camboyanos que luchan por salir de la pobreza y sueñan con una vida mejor para sus hijos. Continuamos caminando, los niños son ajenos al rencor de sus padres y se acercan a nosotros con curiosidad, para curiosidad la nuestra al descubrir que ninguno de ellos nos pide nada, los que mendigan se distribuyen por los monumentos y acosan a los turistas para obtener lo máximo de ellos; seguimos denunciando que es un error, tal vez piensan que ayudan a las familias dando unos pocos dólares a los niños pero en realidad lo único que consiguen es fomentar la mendicidad y sacar a los más pequeños de las escuelas, siempre será más productivo dar donaciones a las organizaciones locales que ayudan al desarrollo.

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