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Y aquí fue donde conocimos a Sean, lideraba un grupo de españoles en un viaje de dos semanas en Siria y Jordania, tuvimos tiempo de sobra para entablar con él varias conversaciones y comenzar a incluir la profesión de guía-acompañante de grupo en nuestras perspectivas de futuro. Nos explicó su trabajo para varias agencias pequeñas de Madrid que organizan viajes "exóticos" o a destinos menos turísticos, como bien sabíamos Jordania es ya un destino habitual en las agencias, pero rara vez se incluye Siria en el itinerario, no deja de estar en el "Eje del Mal" para algunos gobiernos. Sean nos dio su tarjeta y nos invitó a contactarle una vez estuviéramos de regreso en Madrid; no volveríamos a verle hasta un par de meses después, momento en el que pudimos disfrutar de unas cañas en una típica tasca madrileña.
Ellos cruzaron mucho antes que nosotros, cuando al fin lo logramos condujimos cuarenta o cincuenta kilómetros hasta una vieja conocida, Boshra, la antigua ciudad romana de basalto negro que visitaríamos por segunda vez, de nuevo casi en solitario, con el hummus como acompañante indiscutible pasamos una tarde muy agradable junto a sus muros negros.
Y llegó el 31 de diciembre, no sabíamos muy bien qué hacer con nuestras vidas, en realidad no parecía ser un día especial, decidimos que al menos nos daríamos una comilona y, para no perder la tradición, nos hicimos una tortilla de patatas y compramos un trozo de queso en el hipermegamoderno supermercado que descubrimos años atrás a las afueras de Damasco.
Nuestra visita a Siria fue visto y no visto, en un primer momento habíamos pensado pasar toda la semana allí, de nuevo una atracción fatal nos llevaba cada día más allá, impidiéndonos dedicar más de un día a cada sitio, habíamos pisado el acelerador y ya no lo soltaríamos hasta Estambul, la única que se salvó del regreso-relámpago, y cuando digo la única es totalmente en serio, Europa también pasó bajo las ruedas a velocidades inusuales para nuestro siempre sosegado ritmo de viaje.
Estambul nos recibió tras una gran tormenta de nieve, nos libramos por muy poco de colocar las cadenas en la autopista que une Ankara con la vieja Bizancio, viejos fantasmas del invierno del 2005/06 nos persiguieron durante dos días, ya conocíamos el rigor del invierno de Anatolia y por nada del mundo volveríamos a caer en sus afiladas garras. En cambio sí regresamos a los brazos de una de nuestras ciudades favoritas, incluso repetimos alojamiento, el Star Hotel, donde pasáramos buenos ratos con Laura, Jorge y Carlos.

