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Esta es posiblemente la última crónica que me hubiese gustado escribir, sin embargo todo inicio tiene su fin, y el fin de nuestra aventura llegó dos años y medio después. Un 10 de julio de 2005 partíamos de Madrid con muchas incógnitas pero con muchas ganas, un 18 de enero cruzábamos la frontera francesa camino de Bizkaia, un segundo hogar para nosotros, donde tuvimos nuestros primeros días de sofá y cama.
Pero antes de que esto ocurriera volvimos a recorrer caminos ya conocidos durante las últimas cuatro semanas de viaje. Primero fue nuestra querida Jordania, a la que le dedicamos una semana, prácticamente toda en Namatah, aquella aldea que nos dejaba marcados el primer noviembre y donde fuimos recibidos con todos los honores. Aquellos días de reuniones familiares, idas y venidas de un pueblo a otro y preguntas infinitas se repitieron, volvimos a jugar con Qusai y Gais, a compartir los magníficos desayunos a base de panes recién hechos, aceite de oliva, huevos, yogur y comino, ayudamos a sembrar el grano en los riscos del wadi y a compartir tertulias junto a la estufa con toda la familia.
Y de nuevo llegaron las despedidas, se repitieron las mismas escenas y un hasta pronto quedó flotando en el aire, seguro que regresamos, aunque tal vez no montados en nuestra flamante camioneta sino en un coche alquilado en el aeropuerto de Amman, a unas pocas horas de vuelo desde Madrid.
Con ese sabor amargo en la boca llegamos a la capital donde aún teníamos la esperanza de conseguir el visado para Siria, esperanza vana, obtuvimos la misma respuesta que en Kuala Lumpur, sólo nos darían el visado en España, pero siempre podríamos intentarlo en la frontera. No nos quedó otra opción, convencidos de que podríamos pasar nos dirigimos a la misma frontera por la que cruzamos en dos ocasiones hacía ya tanto tiempo, Daraa; tenía el mismo aspecto destartalado que entonces, la tecnología seguía sin hacer acto de presencia por aquel lugar. Recordábamos bien los miles de trámites que tendríamos que realizar, no faltó ninguno, pero sin saber muy bien cómo nos libramos de pagar los 100 dólares del diesel, nunca nos hemos hecho tanto los ignorantes como en aquel momento.

