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Pasamos la noche aparcados en un jardín junto a la fortaleza y por la mañana nos despertó un gran alboroto, camiones y coches no dejaban de llegar, sin darnos cuenta nos vimos rodeados. Era el gran día de mercado, o eso creíamos nosotros en ese momento, más tarde pensamos que se trataba de un mercado especial para surtir de animales a las familias de la región, la tradición marca que hay que sacrificarlo el Día del Cordero y ninguna familia parecía dispuesta a saltarse la tradición.
En un área de tamaño de un campo de fútbol encontramos rebaños de ovejas, cabras y vacas que descendían de los camiones para ser vendidas al mejor postor, algunos compradores se llevaban el pickup lleno, no sabemos si por el elevado número de miembros de su familia o con el fin de revender los animales en las aldeas. En un momento dado resultó imposible avanzar entre la gente, todos hombres, y nos costó mucho llegar hasta el otro extremo donde se vendían frutas y verduras.
Entre vacas y omaníes con sombreros bordados conseguimos salir de allí para encontrarnos con la calle principal llena de camiones con sacos de cereales y legumbres, los vendedores realizaban las transacciones directamente desde los vehículos, los billetes iban de unas manos a otras sin que nos diera tiempo a deducir el precio del saco. En eso estábamos cuando vimos una puerta ojival que daba acceso a una zona peatonal, se trataba de una antigua medina en un estado bastante decadente, allí había estado ubicado el zoco durante mucho tiempo y algunas tiendas aún seguían en funcionamiento.
Ya teníamos suficiente ajetreo, huimos para ascender una pequeña colina que habíamos visto a lo lejos el día anterior, en ella se levanta una tumba o mausoleo con un indudable sabor persa, nos recordó algunas edificaciones del desierto de Irán, lo que no sería de extrañar dada la cercanía entre Omán y su vecino del norte, el estrecho de Hormuz debía permitir un paso fácil entre ambas orillas.


