Colocamos las bicicletas en el portabicis y partimos los cuatro de Mascate en busca de las montañas de Hajar, a apenas un par de horas en coche de la capital. A mitad de camino dejamos a la izquierda la carretera que conduce hacia la isla de Masirah, uno de los mayores reclamos turísticos del país, y unos kilómetros antes de llegar a nuestro destino vimos como la carretera se adentraba en el desierto camino del lejano sur, un cartel indicaba que quedaban aún 800 ó 900 kilómetros hasta Salalah, la capital de Dhofar. En esta ocasión no viajamos hasta allí, la cuna del incienso, el lugar desde el que se cree que partieron los reyes magos de Oriente hacia Belén, un extraño vergel con amplias y verdes praderas y rebaños pastando; otra lugar a descubrir en el futuro, compatible con un imprescindible viaje a Yemen aprovechando que la carretera que une ambos países junto a la costa ya está inaugurada y pronto estará abierta a los viajeros.

Pero nosotros nos quedábamos allí mismo, en un cruce de caminos entre el norte y el sur de Omán. Así Nizwa se presentó como una tranquila ciudad de provincia, con una zona moderna junto a la carretera y otra zona bien distinta donde el adobe es el principal elemento. Una de esas tradicionales ciudades donde según las guías hay que mantener el decoro con mayor atención y donde el islam está más arraigado, tanto que entre los omaníes Nizwa se conoce como "La Perla del Islam".

Aparcamos el vehículo muy cerca de la fortaleza, muy restaurada, y nos perdimos entre palmeras y huertas, por estrechas callejuelas sin asfaltar dibujadas por bloques de adobe y puertas de madera. Estábamos en Omán pero bien podía ser una medina marroquí o egipcia, los mismos tonos, las mismas formas ojivales en los arcos y el mismo ambiente tranquilo y relajado lejos del mundanal ruido y el calor. Este último mantenía a las gentes en sus hogares y apenas nos cruzamos con un par de hombres y algunos niños. Mucho más animado estaba el mercado, situado muy cerca de la fortaleza y donde aquella tarde la actividad era relajada, las verduras y las frutas se vendían directamente desde los camiones y el pescado en una acera donde era descargado desde furgonetas refrigeradas, de nuevo la presencia era cien por cien masculina, como suele ocurrir en todos los zocos árabes.

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