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Ahora sí que estábamos de vuelta, aunque no lo parezca para nosotros estar en Dubai era como estar a la vuelta de la esquina. Tener entre medias el subcontinente indio o el Océano Índico es psicológicamente agotador, en estos momentos nos sentíamos a dos pasos de Jordania y a cinco de casa, aunque ¿cuál es nuestra casa ahora?, difícil de decir, siempre podemos usar el tópico , nos sentíamos "ciudadanos del mundo", pero hemos de reconocer que el gazpacho y la tortilla de patata nos llamaba a gritos, tal vez había llegado el momento de tener de nuevo una casa con paredes de ladrillos en el céntrico barrio de Arganzuela, un pequeño apartamento de paredes verdes y precio desorbitado, tal vez un sinsentido después de tanto tiempo o tal vez no...
Después de una infernal, rocambolesca y surrealista mañana en el aeropuerto de Kuala Lumpur aterrizamos por fin en el aeropuerto de Dubai, una sala enorme con treinta mostradores nos separaba del país. Las colas iban creciendo según aterrizaban aviones de orígenes tan diversos como países hay en el mundo, la diversidad cultural igualaba e incluso superaba a la de Bangkok, donde la tez morena y peculiar de los indios, pakistaníes, bangladeshíes se imponía a la tez más clara de europeos, rusos y chinos, y a la tez negra de los keniatas, somalíes y demás africanos que también tienen su lugar en este diminuto país. Nuestro primer contacto con los emiratíes fue desalentador, atrás quedaba la humildad y simpatía de las gentes del Sudeste Asiático, nos encontrábamos en un país rico, muy rico, y los funcionarios del estado se imponen sin suavidad a los inmigrantes que les superan en número y sin los cuáles posiblemente no tendrían futuro como nación. Nos tocó un funcionario especialmente altivo y orgulloso que no dudó en numerosas ocasiones en mandar a algún pakistaní o indoneso de vuelta a inmigración, casi una hora nos tuvo allí esperando, observando con la sangre hirviendo el mal trato con que regalaba a sus iguales, como si de mulas de carga se tratara y no de trabajadores que dejan atrás a sus familias por buscar un futuro mejor a miles de kilómetros. Como de costumbre a nosotros nos trató con respeto, eso sí, sin mirarnos a la cara directamente, pero supongo que ya nos tenía fichados y nuestra tez le indicó que no estábamos en su país para conducir un taxi o cargar y descargar mercancía.
Un autobús urbano nos dejó en el barrio de Deira, estábamos más perdidos que nunca, agotados y sin ganas de luchar por conseguir un buen precio, tarea prácticamente inviable en una ciudad donde los precios de las habitaciones comienzan en los 40 euros, y esto en pensiones con el auténtico sabor de Dubai, con los pasillos llenos de cajas y embalajes, donde las transacciones se realizan en ascensores y recepciones, pero eso sí, con el siempre correcto e inigualable trato de los musulmanes.
