Nos separaban más de dos mil kilómetros de carreteras y desiertos de nuestra querida Jordania. Pero antes de cruzar Arabia Saudí debíamos atravesar los E.A.U. hasta la frontera de As Sila, según nuestro mapa la carretera discurre junto al mar, no lo llegamos a ver y si estaba allí se confundía con los espejismos que forman las arenas rojas que inundan el país. A mitad de camino paramos para rellenar el depósito y descansar en una gasolinera hipermegamoderna, nos quedamos perplejos, de repente era como estar en Austria o en Suiza, sin embargo fuera caían 40 ºC y no había más que desierto. Aprovechamos que había unos camiones estacionados para cobijarnos en su sombra, cual fue nuestro asombro al reconocer la matrícula de Almería, ¡qué hacéis tan lejos de casa chicos!, pero no, estábamos muy equivocados, los conductores no podían tener más cara de árabes, desconocemos como había llegado a parar ese trailer a este rincón del mundo, pero allí estaba, no sería el único que veríamos en las dos siguientes jornadas, ¿existirá un mercado negro de camiones españoles en Arabia?

Aunque en general somos inmunes a los comentarios y opiniones negativas de otros viajeros hemos de reconocer que entramos en esta nación con miedo y desgana, la falta total de libertades, los pocos atractivos culturales y naturales y algunos incidentes que habían ocurrido en fechas cercanas con extranjeros como protagonistas provocaron en nosotros un recelo poco natural. Nos sentíamos incómodos y muy cansados, sólo podíamos hacer una cosa inteligente, cruzar cuanto antes el desierto de Arabia para descansar unos días en una playita de Aqaba en el Mar Rojo.

Habíamos obtenido fácilmente el visado de tránsito para atravesar el país más grande de la región y también el más inhóspito, ahora era el momento de la verdad, nos hallábamos en la frontera. Los trámites fueron rápidos, nos separaron, a mí me tocó ser interrogada por una simpática mujer de origen indio o pakistaní que no me entretuvo más de un par de minutos. Pagamos el seguro de rigor y pronto pisamos suelo saudí, nadie comentó nada sobre la prohibición de conducir para las mujeres, nosotros estábamos bien informados y Rafa se puso al volante. Sólo condujo unos metros, hasta un área de servicio muy bien equipada donde pasamos la noche, estaba atardeciendo y no queríamos arriesgarnos a conducir de noche por una carretera que ni siquiera salía en nuestro mapa pero cuya existencia conocíamos, un atajo para llegar a Riyadh atravesando el desierto.

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