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A unos 40 kilómetros al sur se encuentra el pequeño puerto de Yükyeri Iskelesi, desde donde parte un ferry a la diminuta isla de Bozcaada. Ese mismo día me di mi primer baño en Turquía, en el mar Egeo, en una larga playa de arena dorada. Pasamos la noche allí mismo, a pesar del altercado que observamos esa tarde, en el que un joven encolerizado se presentó con una escopeta en los baños del parking del puerto y protagonizó una escena con una mujer mayor (quizás su madre) y uno de los hombres que allí se encontraban, no llegó la sangre al río pero la Jandarma tardó en llegar un buen rato, se lo llevaron en un furgón.
A las diez de la mañana nos embarcamos en el primer ferry, 3 millones ida y vuelta para un trayecto de unos veinte minutos. El ferry deja en un puerto idílico con una fortaleza en perfecto estado. Dado que en la isla la mayor distancia es de ocho kilómetros nos acercamos a ver el precio del alquiler de bicicletas. Cual fue nuestra sorpresa, casi indignación, al ver que una hora costaba el equivalente a 12 euros, es decir, que cinco horas nos habrían salido por ¡¡¡60 euros!!!, con eso seguro que nos compramos una bici en Estambul. Aunque quizás hubiésemos podido negociar seguimos el plan B, ir andando hasta la playa de Ayazma, a unos cuatro o cinco kilómetros de Bozcaada pueblo, no sin antes degustar un çay en un auténtico café lleno de turcos. No llevaríamos ni cinco minutos andando cuando un agricultor en un minitractor o carreta nos paró y se ofreció a llevarnos, fue genial, nos ahorró casi la mitad del camino. No circularíamos a más de 10 km/h pero era agradable. Tras otros treinta o cuarenta minutos caminando entre olivos y un pinar llegamos a la playa, ¡¡habíamos atravesado la isla de este a oeste!! Pocos metros antes de llegar un coche tocó el claxón, se trataba de una familia turca a la que Rafa había cedido el asiento en el barco, nos saludaron efusivamente y nos invitaron a refrescarnos en una fuente cercana a unas casas de piedra donde acababan de aparcar. Pensamos que quizás más tarde sería una buena idea, para quitarnos el salitre.
La playa era una larga franja de arena dorada con dos o tres chiringuitos al otro lado de la carretera. Quizás en verano esté plagada de gente pero en ese momento estábamos solos Rafa y yo. Sin esperar ni un segundo nos pusimos los bañadores y nos metimos en el mar, Rafa no duró nada, yo disfruté largo rato nadando. Comimos algo y descansamos en unas tumbonas. Desde donde nos hallábamos se veía un enorme barco varado.

