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La mañana que llegamos a Trabzon, la antigua Trebisonda y la arcaica Trapezun de los jonios, brillaba el sol de nuevo para nuestra sorpresa.
Entrando a la ciudad por el oeste, dos kilómetros antes de llegar, se encuentra la iglesia-museo de Aya Sofia, en un alto con vistas al mar. El lugar es muy acogedor, con su jardín, su tetería y varios bancos donde sentarse a descansar o pasar el rato. Le dedicamos más de media hora a la visita, tal vez más de lo necesario pero estábamos ávidos de imágenes que no fueran la nieve, la lluvia y el interior de nuestro hogar. Primero la rodeamos disfrutando del exterior, la cúpula típica de las iglesias armenias, varios arcos con relieves, un buen ejemplo de las iglesias que se pueden ver por la región en verano, cuando las carreteras se hacen transitables a los vehículos. Allí mismo, en la terraza-salón de té, nos tomamos un çay dejando que nuestras caras volvieran a sentir los rayos del sol.
Éramos conscientes de que aquello no duraría mucho, las previsiones que leíamos por internet anunciaban nieve y frío para los siguientes días, a punto estuvimos de acercarnos esa misma mañana al Monasterio de Sumela, a unos cincuenta kilómetros. No lo hicimos, en su lugar fuímos al Monasterio de Kaymakli, a las afueras de la ciudad, para ello tuvimos que descender por un camino semiasfaltado por el que no estábamos seguros de que fuera fácil regresar. Cuando nos estábamos arrepintiendo llegamos al lugar, en lo que había sido la iglesia y las dependencias del monasterio encontramos unas granjas, la iglesia había sido transformada en granero y cuadra para las cabras, pudimos verlas por una apertura, las otras dependencias se usaban para esas actividades y para acumular leña. El lugar no tenía desperdicio, el hijo del dueño lo enseñaba amablemente bajo la mirada curiosa de varias mujeres, que se asomaban a las ventanas de las casas. Este chaval nos dijo que podíamos regresar siguiendo el camino hacia la carretera principal, no sabíamos si fiarnos, esto no es un todo terreno, pero le hicimos caso, menos mal que no había llovido recientemente y el piso estaba seco porque sino no habríamos llegado abajo nunca. En la enésima curva de ciento ochenta grados un enorme camión obstaculizaba el paso, todo el vecindario salió a mirar quién descendía por aquel lugar, miles de ojos se posaron en nuestro vehículo, un hombre sonriente movió el camión a un lado mientras una mujer me abrazaba y sonreía como si fuera su nieta.

