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De nuevo nuestros pasos nos llevaban a Estambul, en pocos días aterrizaría Laura en su aeropuerto cargadita de regalos de los Reyes Magos y Papa Noel. Allí pasaríamos el cambio de año, por eso decidimos escoger otro lugar donde pasar la navidad, la primera que pasamos fuera de casa, que esperamos no sea la última. Mirando en el mapa no nos decidíamos, finalmente el mar venció a sus contrincantes y hacia allí nos dirigimos. Un pequeño pueblo llamado Sile, a unos ochenta kilómetros de la gran urbe, servía de destino vacacional a los estambulenses.
Abandonamos la autopista creyendo que en breves kilómetros dejaríamos de ver la nieve alrededor, ¡cuán lejos de la realidad! Los escasos setenta kilómetros que nos separaban de nuestro destino se convirtieron en un pequeño calvario. Muchos de los tramos de la carretera estaban llenos de nieve, únicamente un pequeño sendero de la anchura de un vehículo quedaba en medio del asfalto. Y así pasaron las horas hasta llegar a Sile, entre colinas y colinas llenas de nieve.
Encontramos el lugar perfecto para comer y dormir en un mirador con vistas a una pequeña playa y al torreón. El tiempo no acompañaba, la lluvia y el viento nos impedían disfrutar del panorama.
El pueblo estaba bien surtido, no faltaban tiendas, restaurantes y cybercafés por doquier. Ya nos tocaba subir algo a la abandonada web, así que nos tocó una jornada de internet, lo visitaríamos por la mañana y por la tarde.
El día siguiente era 24 de diciembre, pensamos que sería agradable darse un lujo, dormir en un hotel y cenar en un buen restaurante. Tanteamos varios sitios, algunos tenían una fórmula por 120 millones (75 euros) con cena y desayuno incluidos (uno de ellos con jacuzzi). Escogimos un hotel en el centro por 60 millones con desayuno que resultó ser muy acogedor. En lo que quizás nos equivocamos fue en el restaurante, nos decidimos por el del puerto, parecía el mejor, y así se dejó ver en la cuenta: ¡¡¡100 millones!!!, y eso que el rodaballo dejaba un poco que desear, para mi no hay ninguno como el de mi madre. Quizás hubiésemos debido coger la fórmula mágica del hotel con jacuzzi, nunca se sabe.

