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De nuevo en la frontera, esta vez para entrar a Turquía desde Siria. Habíamos escogido este punto para cruzar porque dejaba a escasos veinte kilómetros de Harrán, lugar en el que, según cuenta la leyenda, vivió Abraham con su familia.
Tras llenar el depósito de gasoil y otro depósito de 25 litros nos acercamos al puesto fronterizo. Estaba muy tranquilo, de hecho no había nadie cruzando. Nos hicieron bajar del coche y nos llevaron a unas oficinas donde enseguida nos invitaron a té. No entendíamos mucho lo que pasaba, nadie movía un dedo, miraban nuestros pasaportes y los dejaban encima de la mesa. Y así pasaban los minutos y nada, comenzamos a conversar con los distintos oficiales que aparecían por el lugar, pero nadie parecía ser responsable de sellarnos el visado. Muertos de hambre nos preguntábamos cuando nos dejarían pasar, pero éramos una atracción y no parecían tener la intención de soltarnos tan rápidamente. Por fin, casi dos horas después con sus consiguientes tés, uno de los presentes (que llevaba allí desde el principio) cogió los pasaportes y los selló, tras preguntarnos antes si no teníamos problema con el visado de Turquía (no era así, nos quedaban aún cinco o seis días, y en breves momentos pensábamos comprar una nuevo). Ala, ya podéis pasar. Ni registraron el coche ni nos cobraron nada, estábamos estupefactos.
Ahora le tocaba el turno a los turcos de Akçakale, tenían que abrir una barrera y dejarnos pasar; y así pasó otra media hora más. Por fin abrieron la barrera y penetramos en territorio turco. Nos pidieron los pasaportes y los papeles del coche. Pedimos a la policía que nos pusiera un visado nuevo y nos dijo que no tenían, que ése era un puesto fronterizo muy pequeño. -¿Y entonces qué hacemos?- pregunté, - tendréis que acercaros a Kilis, a 250 kilómetros al oeste, allí os ponen uno sin problemas (una mentira que nos costaría muy cara cinco días después). Nos sellaron la entrada al país y nos hicieron los papeles del coche, nos aseguramos de que nos daban otros tres meses para el coche, aún no sabíamos cuando nos dirigiríamos hacia Irán. No le dimos mayor importancia a lo del visado, nos tendríamos que desviar un poco de la ruta pensada, pero era un mínimo contratiempo; no sabíamos el infierno que nos esperaba en Kilis...
