Al kilómetro de coger la furgoneta vimos el desvío hacia las ruinas de Arsameia. Paramos junto a una "especie" de restaurante-hostal, estratégicamente situado al inicio de la cuesta que subía hacia las ruinas. Enseguida se nos acercó un chico de nuestra edad, se llamaba Mehmed. Nos invitó a un té, que Silvia rehuso educadamente y que yo acepté gustoso, me daba pereza subirme la cuesta hasta las ruinas. Mientras Silvia visitaba el yacimiento, yo me quedé charlando con Mehmed y un par de hombres más, disfrutando de su hospitalidad. Silvia bajó bastante impresionada por lo que había visto, asi que me convenció enseguida para que subiera. Efectivamente, no eran unas ruinas corrientes, ni te encontrabas con columnas, teatros o templos, mientras ibas subiendo aparecían de repente enormes estatuas en relieve muy bien conservadas o piedras con inscripciones en perfecto estado. Costaba imaginar cómo en lo alto de una montaña, a merced del clima, habían podido sostenerse y conservarse en tan buen estado.

Desde lo alto de la colina se observaba el castillo mameluco y todo el macizo montañoso, incluido el Monte Nemrut y, por fortuna, el tiempo me permitió disfrutarlo por unos minutos.

 

 

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Junto a las estatuas del Monte Nemrut
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Al bajar de las ruinas continuamos charlando con Mehmed, que resultó un hombre curioso, con la mano un poco ligera, según me comentaría Silvia. Le preguntamos que tal estaba el acceso "rápido" a Nemrut Dagi, habíamos leído que no era muy conveniente, por las pendientes y los desprendimientos, pero nos dijo que con precaución no tendríamos que tener ningún problema, la otra opción era retroceder unos 40 Km, de éste modo sólo eran 10. Nos convenció para quedarnos con él y con su hermano esa noche, no tuvo que insistir demasiado. Pasamos una noche muy agradable, junto a la calefacción, charlando, tomando algún vino de la región y viendo la televisión, ¡¡incluso la española!!, tenía tres mil canales vía satélite.

 

El curso del rio