![]() |
| |
Amasra es la población más bella del oeste del Mar Negro, y una de las más animadas en invierno. Restaurantes, bares, hoteles y hasta un mercadillo de artesanos se encontraban abiertos la tarde que arribamos a su puerto. Y allí mismo, junto a la fortaleza, nos quedamos dos días con sus respectivas noches. Seguramente en verano nos hubieran dicho que aparcásemos en otro lugar, pero el invierno transforma los pueblos costeros, haciéndolos más hospitalarios para los vehículos.
Esa tarde el tiempo estaba desapacible, a pesar de ello se nos había dado bien la carretera y habíamos tardado muy poco en llegar. El paseo vespertino desembocó en un internet café, antes de abandonar Amasra actualizaríamos la web allí mismo.
La mañana del 18 de enero el sol nos regaló magníficas temperaturas para visitar la ciudad, nos hicimos ilusiones de que quizás el tiempo nos iba a tratar así de bien en nuestro recorrido por el mar Negro. Nos dimos un largo paseo por el pueblo, entre las dos playas un pequeño itsmo se adentra en el mar, allí se encuentra la ciudad vieja a la que se accede por un puente con capacidad para un único vehículo. La parte más bonita se encuentra antes de cruzar dicho puente, subiendo alguna de las calles que llevan hacia la fortaleza. Allí un niño muy simpático nos enseñó algunos escudos bizantinos y un mirador en lo alto de la muralla, interrumpiendo su juego con un balón. Fue durante este paseo que conocimos a otro turco enamorado de una española, debe estar de moda en el país; éste, según nos comentó, mantenía una relación con una tal Flores desde hacía varios años.
Estábamos muy a gusto en Amasra pero no podíamos quedarnos mucho tiempo por diversas razones: En invierno la batería se nos gasta más rápido porque paramos temprano, y eso conlleva que pongamos la calefacción, que usemos más el portátil y las luces, por lo que no solemos pasar más de dos noches en el mismo lugar al menos que tengamos una conexión eléctrica cerca. Por otra parte queríamos llegar a Ankara antes de final de mes para gestionar el nuevo pasaporte de Rafa, y los visados de algunos países.
Esa segunda mañana en Amasra el día se levantó gris; nos despedimos de ella con intención de recorrer los cuarenta y seis kilómetros que nos separaban de Kurucasile. Según habíamos leído se trataba de un pueblo agradable, dedicado a la construcción de barcos.
