A la mañana siguiente visitamos la ciudad subterránea, un complejo entramado de callejuelas estrechas y húmedas, con múltiples recovecos, aunque bastante iluminada para el turismo. El camino siempre transcurría hacia abajo y de vez en cuando se abría en salas más amplias, donde aparecían estructuras de iglesia o almacenes de comida o vino. Bajamos muchos niveles e incluso al llegar al más bajo vimos que existían más aberturas cerradas, así que ni nos imaginamos hasta donde podría llegar cuando era utilizada.

Dejamos Derinkuyu y continuamos camino hacia el Valle de Ihlara, que sería nuestra última etapa en Capadocia. A medida que nos acercábamos, las montañas de la cordillera Taurus se hacían cada vez más imponentes, con sus cumbres nubladas y nevadas.

El pueblo de Ihlara está construido en parte en tierra firme y en parte sobre el filo de los acantilados que forman el valle del mismo nombre, al pie del tremendo Monte Hasan. Aparcamos junto a una especie de parador, desde donde se descendía hasta el cañón. Nos levantamos temprano a la mañana siguiente y bajamos al cañón previo pago de 5 millones. El acceso desde este punto está bastante bien habilitado, aunque tuvimos que bajar cientos de escalones hasta llegar al fondo. No había ni un alma, sólo se escuchaba el río y los pájaros, así como nuestras pisadas sobre las hojas caídas, hacía frío húmedo, pero no llovía, e incluso el sol se dignó a aparecer en alguna ocasión. Las iglesias excavadas en la roca estaban muy bien señalizadas, fáciles de encontrar, aunque para acceder a alguna de ellas tuvimos que hacer alguna que otra virguería. Ninguna de ellas tenía unos frescos en perfecto estado, además el vandalismo tampoco las había hecho mucho bien. La magia del paisaje estaba en observarlas desde lejos, escondidas entre lo árboles, esculpidas en roca, con parte de sus cimientos desperdigados alrededor. Las paredes del cañón se levantaban a nuestro lado, el río llevaba bastante caudal y en alguna ocasión se dividía para unirse después, casi todos los árboles estaban pelados, típico paisaje otoñal. No recorrimos el valle en su totalidad y en Belisirna, a mitad de camino, tras dos horas de paseo, nos dimos la vuelta, no sin antes entrar en calor con un par de tés, mientras unos chavales se reían con una serie de televisión.

Nos dirigimos hacia Ankara. Dormimos en una gasolinera, donde nos cayó una inmensa nevada, anticipo del frío que íbamos a sufrir en la capital.

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El Valle de Ihlara
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Fecha: 16 de Enero de 2006

Lugar: Safranbolu - Turquía

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