Empezamos a bajar hasta que nos encontramos con otra puerta, con el relieve de un guerrero, en muy buen estado, tanto que luego nos enteraríamos de que era una réplica, estando el original en el museo arqueológico de Berlín. En realidad quedaba mucho por ver, pero resultaba inútil y frustrante, únicamente nos pusimos a buscar una sala de jeroglíficos, tras una valla metálica. Al avanzar tres o cuatro metros la nieve me cubría por las rodillas, desistí pronto y me puse a esperar a Silvia, que continuó buscando el acceso a la sala con perseverancia. A los veinte minutos bajó, con más nieve que pelos, ¡pero la había encontrado!, cerrada a cal y canto con un cerrojo, ¡ya nos lo podían haber dicho al empezar!

En total estaríamos dos horas recorriendo Hattusas, no con mucho éxito, pero al menos habíamos hecho algo de ejercicio, quizás en el otro yacimiento cercano tendríamos más suerte.

Yazilikaya estaba a tres kilómetros de Hattusas, por una carretera que ascendía desde el pueblo, pronto comprobaríamos que la furgoneta patinaba por la nieve y no nos apetecía poner las cadenas, así que aparcamos y nos pusimos a andar. Ya empezábamos a estar arrepentidos de subir cuando vimos el cartel que anunciaba el lugar. Obviamente no había nadie en las taquillas, sólo nieve que cubría toda la zona. Habíamos leído que los relieves estaban ocultos entre pequeñas gargantas, nos pusimos a buscarlos, andando a duras penas. Entramos en una de las gargantas pero no encontramos nada, quizás estarían ocultas bajo la nieve, ya nos dábamos la vuelta cuando de repente un ruido sobre nuestras cabezas llamó nuestra atención, al mirar hacia arriba vimos un precioso búho posado sobre la roca, que fijaba sus grandes ojos sobre nosotros, a lo mejor sería una de las deidades hititas, que nos bendecía por el esfuerzo realizado, era la primera vez que veíamos un búho. Nos fijamos un poco más en la roca y empezamos a vislumbrar contornos humanos, pero la verdad es que casi no se notaban. A pocos metros la montaña formaba un pequeño pasillo, ya no pensábamos ver nada más pero aún así entramos a curiosear, esta vez si que tuvimos suerte y encontramos una efigie clarísima de un hombre con el tocado típico en forma cónica y un águila a su derecha, también sostenía un cetro en sus manos, se veía con todo detalle, después de llevar ahí más de tres mil años, ¡era increíble! Justo enfrente había otro relieve que representaba a doce hombres unidos mirando hacia la izquierda. Unos agujeros cuadrados estaban al lado de ambos relieves, que según leímos se usaban para realizar ofrendas, era un lugar con cierto halo de misterio, un buen sitio para ocultar relieves milenarios.

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