A la desesperada, e intentando reducir el gasto que se nos venía encima lo más posible, les preguntamos si podíamos dejar el coche en la frontera turca e ir andando a la Siria. Tampoco hubo suerte, ya que las fronteras por las que habíamos pasado tenían registrado que entramos con coche, por lo tanto debíamos salir con coche. Entre tanto lío, nos habían cancelado el sello que nos habían puesto. Silvia seguía convencida de no volver a entrar en Siria. En esta situación nos encontrábamos con dos soluciones, tragar y volver a Siria con el coche a que nos pusieran los sellos o quedarnos en la zona fronteriza, a lo Tom Hanks en la Terminal. Yo ya iba rememorando el árabe.

Convencí a Silvia para entrar en Siria, era la única solución, aunque era una auténtica faena. Recorrimos los dos kilómetros hasta el último paso turco, donde nos pidieron el Tríptico (el que nos habían cogido en uno de los primeros controles), sin el no podíamos pasar, vuelta para atrás. Nos acompañaron a recoger de nuevo el tríptico. Volvimos con el dichoso papelito y esta vez no nos pusieron pegas para abrirnos la frontera. Ahora faltaba Siria.

En el edificio sirio se acumulaban decenas de personas colándose y empujándose unas a otras, afortunadamente un hombre nos vio y se percató de que éramos extranjeros, se lo comentó a un oficial y nos dieron un trato especial. Le explicamos al hombre la situación y le dijimos que no queríamos visitar el país, que simplemente queríamos que nos sellaran los pasaportes, nos llevó a hablar con otro hombre, uniformado y muy correcto, que nos explicó que no había otra solución que entrar en el país durante unas horas, además de ir con el coche. A nosotros nos parecía un sin sentido total, pero finalmente cedimos, ya estábamos realmente agotados. Ahora faltaban los papeleos, aunque ya un tanto resignados nos lo tomamos con más calma. En una sala sucia y cochambrosa un hombre preparaba uno de los documentos necesarios para entrar en el país, nos invitó a entrar y a tomar té. No paraba de recibir dinero bajo cuerda de las personas que pasaban por allí, como muestra de agradecimiento, algo muy instaurado, natural, así que no nos sorprendió demasiado, al igual que no nos sorprendió que echara de malos modos a aquellos que no le vinieran con dinero. Después de cuatro o cinco papeleos más entramos en Siria, para darnos la vuelta enseguida. Aunque se nos ocurrió sacar algo de provecho de la visita obligada, llenamos el depósito hasta arriba, al igual que un barril de veinte litros, fue una pequeña compensación. En Siria nos costaba llenar el depósito ocho euros, mientras que en Turquía nos costaba unos cien euros.

Volvimos hacia la frontera siria, aún no había terminado la agotadora aventura, pero ya teníamos los pasaportes en regla para pedir el nuevo visado. El paso hacia Turquía era un caos de coches, que incluso se daban golpes entre si, la gente se apiñaba en una cola, con grandes bolsas negras, se gritaban entre si, mientras un par de oficiales controlaban la situación como podían, incluyendo algún que otro empujón. Era una locura y, Silvia y yo, rodeados de coches y gente por todos los lados. No recuerdo muy bien cuánto tiempo pasamos en ese pasillo. Por fin llegamos a Turquía, donde tuvimos que tramitar un nuevo tríptico y un nuevo visado. No tenían de tres meses, así que nos pusieron uno de quince días, y nos pusieron con bolígrafo que era de tres meses.

Lo habíamos conseguido. Entramos en Kiliç sobre las 2 PM. y salimos a las 9:30 PM. El visado, en vez de costarnos 20 dólares, nos salió por 172 dólares. Pero aprendimos tres cosas ese día, que en las fronteras hay que buscarse la vida por uno mismo, que se sabe cuando se entra pero no cuando se va a salir y que es mejor dejar los países por fronteras transitadas, para evitarte sorpresas desagradables como la nuestra. Para colmo el bidón de gasoil se cayó en la furgoneta, dejando un penetrante olor que duró varios días. Un día redondo.

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6 de Enero de 2006

Estambul - Turquía

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