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La ciudad vive de día. Por la mañana puede despertarte la llamada al rezo, es sobrecogedora, uno no se acaba de acostumbrar, retumba en toda la ciudad, sincronizada de mezquita en mezquita.
El día 9 de Septiembre es la fiesta nacional en Turquía. Conmemora la toma de Izmir (Esmirna) por Atatürk, en 1922, que marcó la victoria turca en la guerra de la independencia.
Dormimos en el barrio de Sultanahmet, que alberga la Iglesia-Mezquita de Santa Sofía y la Mezquita Azul, entre otros muchos lugares a visitar. En este barrio hay muchos hostales y muchos de ellos tienen terrazas con vistas a ambos monumentos.
Aún es pronto pero las tiendas ya están a pleno rendimiento. Todos te saludan en tu idioma, suelen adivinar de donde eres, según ellos, por los andares.

Enseguida te espabilas. De repente, subiendo una cuesta, te encuentras a un lado con la Mezquita Azul, llamada así por los azulejos de Iznik que decoran su interior, y si sigues unos pocos pasos por la calle y giras la cabeza está Santa Sofía. En el medio de las dos hay un parque en el que de vez en cuando se enciende una fuente. El espectáculo es indescriptible, deberían de estar en sitios distintos de la ciudad para poder dar abasto. Son colosales, muy distintas. La Azul es elegante, desborda belleza y perfección, tanto por el exterior como por el interior. Santa Sofía es más sobria, más imponente, roja en su exterior, mil años más vieja.
Me siento y me voy girando, cinco minutos una, cinco la otra. Me voy hacia el bazar, pero al volver me sentaré de nuevo un rato.