Volvíamos de nuevo a Estambul el día 25, aún nos pitaban los oídos de la noche anterior, cuando un José Luis Perales a la turca nos dió la serenata durante la cena de nochebuena en Sile. Nos esperábamos encontrar la ciudad nevada, hubiera sido bonito ver la cúpula de Santa Sofía cubierta de blanco, pero como ocurre en las ciudades, la polución nos lo impidió, apenas había nieve en las calles y la que había, no era precisamente blanca. Laura llegaba el día 29 desde Madrid para pasar la nochevieja con nosotros, esos cuatro días los aprovecharíamos para hacer algunas compras y algunos trámites en embajadas.

Pactamos un precio razonable con el dueño de un aparcamiento en Sultanahmet y ahí nos quedamos durante los cuatro días, casualmente, tuvimos como vecino a un turco que dormía en su furgoneta y que se dedicaba a hacer de guía a los turistas, un personaje interesante, que había visitado bastantes países. Uno de los días lo dedicamos a comprar juguetes para los niños que nos fuéramos encontrando de aquí en adelante. Fuímos hacia una zona de tiendas detrás del gran bazar, en las que se compra al por mayor y por poco más de doce euros nos hicimos con unos treinta relojes, cincuenta anillos, pelotas pequeñas de goma, cientos de lapiceros y gomas de borrar, muñecas, etc. Tendríamos suficientes para un buen tiempo.

Daba gusto pasear por un bazar sin turistas, incluso los comerciantes estaban más tranquilos y nos dejábamos agasajar por su hospitalidad. Encontramos un pequeño restaurante junto a una de las salidas, sólo servía dos platos, cacerolas de judías y Köfte (albóndigas), pero no necesitábamos más, comimos tres días seguidos en el mismo sitio.

Otro de los días intentamos ir hacia los barrios donde según el plano estaban las embajadas, concretamente las de Pakistán, Uzbekistán y la de España, pero no encontramos ninguna de las tres y finalmente desistimos, vencidos por el agobiante tráfico de la ciudad. Y tranquilamente pasaron los días, hasta que llegó la noche del 29, cuando recibimos a Laura, que se presentó con tres chicos españoles, que finalmente acabaron en nuestro mismo hostal. La bienvenida estuvo a la altura y, después de cuatro meses, volví a tomarme unos cubatas de ron que me sentaron francamente bien.

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