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El vuelo llegaba a las dos menos diez. Dejé a Rafa a esa hora en la terminal de llegadas internacionales y aparqué allí mismo. No tardaron en llegar los policías a decirme que allí no podía estar, intenté hacerme la loca y gané un cuarto de hora más, pero allí nadie aparecía. Volvieron los policías, esta vez me fuí, aparqué antes de salir del aeropuerto y esperé durante unos veinte minutos más. Volví a entrar a la terminal, para lo cual tuve que salir del aeropuerto y volver a entrar, de nuevo no había nadie. Repetí esta operación unas cuantas veces, hacía más de una hora que habían llegado, pero seguían sin aparecer. Cada vez que salía y entraba del aeropuerto el tipo que controlaba la entrada de vehículos se me quedaba mirando, hasta que, por supuesto, me mandó parar y me envió con sus compañeros. Muy amablemente me preguntaron que qué hacía allí dando vueltas, les expliqué que esperaba a unas amigas y que la policía (sus compañeros) no me dejaba estacionar en la terminal. Nos reímos un rato juntos y me dejaron pasar.

Ya hacía dos horas que habían aterrizado. Volví a la terminal y me estacioné de nuevo; volvieron los policías, que no se lo podían creer, uno de ellos me invitó a unos dátiles mientras esperaba, y finalmente me dijo que me apartara en un carril para taxis y que no me dirían nada más. Unos veinte minutos después aparecieron los tres, ¡por fin! Me despedí de los policías, nos volveríamos a ver en una semana.

El retraso se debía, como era de suponer, a los visados. Tienen tal flujo de pasajeros que no dan abasto, y a muchos los registran a fondo, con el consecuente retraso añadido. La próxima vez iremos a recoger a la gente una hora más tarde.