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Nos levantamos con un descanso poco gratificante, con alguna que otra picadura que, a propósito, eran muy dolorosas. No duraba mucho el picor pero la reacción primera era bastante fuerte. Tras los quebraderos de cabeza descubrí por donde habían entrado los mosquitos esa noche. Resulta que al haber vaciado las aguas sucias dos días antes, se me olvidó cerrar la llave de paso, de tal modo que los bichos nos estuvieron entrando directamente por el desagüe del lavabo, menos mal que tienen el cerebro pequeño.
Entramos a Éfeso por la entrada sur, aunque se aconseja hacerlo por la norte. El aparcamiento estaba repleto de autobuses y antes de llegar a las taquillas, había un batallón de tiendas de souvenirs. La entrada cuesta 15 millones, unos 9 €, precio más que razonable dado el valor y la calidad del yacimiento.
Se pasa a través de unos torniquetes de control a un paseo de pinos de unos 500 metros. De lo primero que se ve es la Stoa o camino hacia el puerto, con el pavimento original y bastantes columnas en pie.
Antiguamente la ciudad contaba con salida al mar, en la actualidad se encuentra a unos 7 Km.
A la izquierda estaba el gran teatro. La verdad es que llevábamos tantos teatros vistos que éste no nos aportó demasiado nuevo, aunque superara a todos en tamaño. Personalmente ha sido el de Hierápolis, en Pamukkale, el que más me ha impresionado en Turquía, sobre todo por su buen estado de conservación.
La gran atracción estaba al caer. Caminábamos por otra Stoa, dejando a nuestra derecha el Ágora. Unos metros delante estaba la Biblioteca de Celso, sin duda el edificio clásico mejor conservado de los que hemos visto, con todo lujo de detalles, inscripciones griegas y romanas totalmente legibles, las columnas de estilo corintio en perfecto estado, todos los frisos casi intactos, así como los frontones, una maravilla de unos 30 metros de alto por otros 40 de ancho.

