Finalmente llegamos a una gasolinera y llamamos a la policía, que vino enseguida y nos llevaron a la comisaría. En la comisaría se lo tomaron con mucha calma, había un grupo de más o menos diez observando atentamente un partido de futbol del Fenerbache y al poco comenzaron a presentarse y claro, a invitarnos al té de rigor. En realidad lo único que queríamos Silvia y yo era ir a buscar a los niñatos y la zapatilla, pero bueno, nos lo tomamos con calma. A la media hora fuimos con un par de policias pero no encontramos nada, ni a los chicos ni a la zapatilla, pero ya estábamos más tranquilos, esa noche dormimos junto a la comisaria, la policía se portó muy bien con nosotros.

A la mañana siguiente Silvia instistió en volver al "lugar de lo hechos" por si encontraba su zapatilla, y así fue, junto a uno de los edificios. Pero los niñatos le habían arrancado la lengüeta de cuajo, aunque la recuperamos también y la maña de Silvia hizo el resto, ahora esta como nueva y en el momento fue una gran victoria Psicológica.

Esta experiencia negativa nos ha servido para aprender, es una pena que se tenga que aprender así pero a partir de ahora seremos más precavidos con los niños, sobre todo en las ciudades, por las noches y en cuanto sean más de tres. En realidad lo que ha pasado en Turquía nos podría haber pasado en cualquier otro sitio, ha sido un simple "borroncete" en el sobresaliente que tiene la gente en Turquía, que nos han tratado fenomenal.

Y para muestras un boton, despues de dejar Konya y los malos rollos del día anterior fuimos a traves de los imponentes Montes Taurus, camino de Siría. Paramos junto a una gasolinera y al instante vimos a un chaval joven que nos trajo un té. Más tarde nos invitó a pasar a un pequeño salón donde había reunidos otros hombres, 5 ó 6, camioneros en su mayoría, kurdos, de Diyarbakir. Hablamos sobre todo con un señor mayor y su hijo. Todo el salón estaba lleno de fotos de su ciudad. Estaban orgullosos de ella, al igual que de su origen kurdo, tal y por el tono con el que nos lo dijeron. Estuvimos dos o tres horas con ellos, comunicándonos a trancas y barrancas pero con avances e interés, mucho interés. Nos agasajaron totalmente, era el mejor bálsamo para pasar cuanto antes el recuerdo de Konya. Fuí hacia la furgo y traje mi tabaco de liar y unas postales del Real Madrid, que pusieron junto a las fotos de su ciudad. Entraban camioneros continuamente, tomaban un té y se iban en cuanto estaba repostado su camión. Despues de tomarles unas cuantas fotos nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente volvió Murat para despertarnos (el chaval que nos llevó los tes la noche anterior), no estabamos ni levantados, yamak yamak, nos gritaba, que supongo que será comida. Pusó tanto impetú que en dos minutos, sin siquiera habernos lavado la cara, estabamos allí. Nos había preparado un desayuno a base de miel con mermelada, pan, aceitunas, huevos duros , un tomate y un pepino cortado y por supuesto, mucho té. Todo para nosotros, ellos no comieron nada. Al terminar, Murat, que no había dormido ya que su turno era de noche, nos dijo que le llevasemos a su pueblo, a unos 20 km, ¡como negarnos!, además estaba en nuestro camino, aunque si hubiese estado en otro nos hubiésemos desviado. Antes de irnos aprovechamos para descargar las fotos del día anterior en un ordenador que tenían. Dejamos a Murat en su pueblo, mirando por el retrovisor como se despedía de nosotros, con una sonrisa amplia y clara, todo un Sultán.

Y así fueron esas dos noches, la pena y la gloria. Aunque por fortuna la victoria es aplastante a favor de las glorias, tendremos que aceptar que en ocasiones habrá penas.

 

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6 de Noviembre de 2005

Shobak - Jordania

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