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Después de pasar estos dos días, me pongo a reflexionar y me doy cuenta de la trascendencia que va a tener esta experiencia, tanto para mi como para Silvia. Cuando dejemos las zonas turísticas, cuando entremos en lugares por los que no suelen pasar los occidentales. Será en esos momentos cuando viviremos las experiencias humanas más intensas.
En dos días hemos vivido mucho y también hemos aprendido cosas muy importantes de cara al fúturo. La primera noche de "acontecimientos" fue en Konya, una de las ciudades más tradicionales de Turquía, en cuanto a religión se refiere. Hacía mucho frío y nuestra sensación era aún mayor, ya que dos días atras habíamos estado a unos 25º, en el mediterráneo. Konya esta situada en el interior, justo en la inmensa llanura de Anatolia.
Esa noche aparcamos en un barrio a las afueras de la ciudad, en una calle junto a un bloque de edificios por un lado y casa bajas por el otro. Mientras Silvia retocaba la web, yo bajé la ventanilla para fumar un cigarro. Unos chavales se acercaron a la furgoneta a curiosear, eran 6 ó 7, tres de ellos de unos 16 ó 17 años, los otros algo más pequeños, quiza de 12 ó 13. Por lógica fuimos su atracción, aunque de ningún modo pensé que ibamos a ser víctimas de sus cabronadas, hablando en plata. Ni yo les entendía ni ellos a mi, pero en un principio fue divertido, me hacían bromas y yo se las respondía, algo normal. Nos trajeron un pan y unos zumos y yo les ofrecí tabaco, muy cordial. El problema empezo cuando, despues de media hora, les dije que iba a cerrar la cortina de la furgoneta. Uno de los mayores empezo en plan de broma a subirme y bajarme la ventanilla, mientras otro más pequeño intentaba, casi con éxito, doblarnos la antena de la radio. Eso ya no me hizo mucha gracia y le dije que parara, que ya estaba bién, no me hizo mucho caso, así que bajé de la furgoneta. Este gesto detonó la situación. No me percaté de que abriendo el pestillo de la puerta principal, se abrían todas las puertas. Fueron apenas dos minutos, pero muy desagradables. Dos de los mayores abrieron la puerta de atras y agarraron a Silvia de la camiseta, de malos modos. Yo me dí la vuelta y les empujé. Además tuvimos la mala suerte de que el sillón del conductor se quedo enganchado y no podíamos girarlo para poder irnos, con lo que los "angelitos" entraron de nuevo, repitiendo la escena. Enseguida les quité los brazos de la camiseta de Silvia y logramos cerrar la puerta y el pestillo.
La lástima fue que una de las zapatillas de montaña de Silvia se cayó y nos la quitaron. Tras girar el asiento, mientras daban patadas a la furgoneta arrancamos y nos fuimos de ahí. Continuamos conduciendo diez minutos hasta que paramos a reflexionar sobre lo que había ocurrido. Teníamos rabia y miedo, a partes iguales. Silvia quería volver con la policía, por si encontrabamos la zapatilla tirada. Yo le dije que esperásemos un poco, que posiblemente se marcharían al cabo de un rato.
Así lo hicimos y volvimos muy despacio, observando muy bien la calle, por si salían de improviso, aparcamos muy cerca y bajé de la furgoneta, Silvia se puso al volante con los pestillos cerrados y con el motor encendido. Comencé a caminar y al entrar por la calle les ví de lejos, así que me dí media vuelta y volví a la furgoneta, esta vez para ir directamente a la policía. Dimos un cambio de sentido a unos 500 metros, sin darnos cuenta que habían cruzado la calle, cuando me quise enterar nos habían tirado algo a la luna delantera, no sabemos si una piedra o la propía zapatilla. Por suerte no se rompió.
En ese momento si que contuve mi rabia, estuve a punto de bajar y ......bueno, no se lo que hubiese hecho.