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Lo que estaba claro es que no podíamos quedarnos ahí, hacía demasiado frío, teníamos que dormir en un hotel, llegamos esa misma tarde a Erzurum, hicimos en una etapa lo que pensabamos haber hecho en dos. Llegamos aterrados por la pésima fama de la ciudad, enclavada en plena meseta de la Anatolía y con el dudoso honor de ser la ciudad más fría de Turquía, a nosotros nos recibió con -15 ºc, que no estaba del todo mal para las temperaturas que se alcanzan. La calle principal estaba atestada de comercios y de tiendas, paseaban muchos jovenes entre el hielo acumulado en las aceras. Aparcamos y nos pusimos a buscar un hotel, hasta que llegamos a uno con una potente calefacción, agua caliente y dos camas cómodas, no pedíamos más.
Al volver hacia la furgoneta entramos en una tienda de componentes informáticos para preguntar por baterias de portatiles, llevaba unos días que nos duraba menos de la cuenta, al entrar, como no, se quedaron sorprendidos, nos dijeron que tardaban tres días en recibirla pero que en Irán era muy fácil encontrarlas. Nos quedamos un rato con ellos, solventando su curiosidad sobre España y tomando unos tes. Poco más hicimos esa noche, cenar algo, darnos una reconfortante ducha caliente y vernos una película en el ordenador.
La mañana siguiente nos sorprendieron unos más que saludables 0ºc, ni frio ni calor, y un sol radiante. Aprovechamos para visitar una mezquita, una madrasa y conocer a los niños de la ciudad, muy pícaros.
Dejamos Erzurum camino de Dogubeyazit, en la frontera Iraní. El camino era inhospito y desangelado, nieve y más nieve por donde miraras, pero llegamos bíen, poco antes de que anocheciera, la calefacción seguía sin funcionar, intentamos convencernos de que era por el frío, que algún conducto se habría congelado, la verdad es que estábamos preocupados, tocaba otra vez hotel. A unos 50 km antes de llegar unas nubes apenas mostraban lo que parecía una cima, paramos a hacer unas fotos, era el Ararat, aunque no se veía demasiado. Al volver hacía la furgoneta observé como, primero una niña y luego dos niños por detras venían corriendo hacia mi. La niña se llamaba Fatma, preciosa, nos saludo en inglés, al igual que los otros dos niños, les regalamos algún cochecito, caramelos y una pelota de goma, a cambio Fatma me enseño su mejor sonrisa para hacerla una foto, aunque me hubiera dejado de todos modos.
A medida que nos acercábamos la mole del solitario Ararat nos dejaba ver sólo su base, de varios kilometros de anchura, era el primer cinco mil que veíamos, quizá al día siguiente lo veríamos en su esplendor.

