La noche del 16 de octubre nos esperaba una sorpresa, algo que nunca habíamos visto. Habíamos leído y nos habían hablado de los fuegos de Quimera, pero eso hay que verlo. Serían más de las nueve de la noche cuando llegamos al puesto de control tras recorrer varios kilómetros de carreteras sinuosas. El guarda nos cobró la entrada: 2 millones cada uno y nos explicó que los fuegos se encontraban a aproximadamente un kilómetro de allí, teníamos que ascender unos veinte minutos por un sendero bien marcado.

Antes de ascender encontramos un cartel donde se explicaba la existencia de los fuegos. No llevábamos ni doscientos metros cuando Rafa quiso pararse para hacerle fotos a la luna, el cielo era todo un espectáculo. Mientras estábamos allí parados pasó una pareja de franceses de unos cincuenta años, ella ya iba jadeante. Tras saludarnos siguieron su camino. Llegamos a la zona de los fuegos unos diez minutos después. De debajo de las rocas, de unas pequeñas hendiduras salían llamas como si de una cocina se tratara. Si te acercabas a ellas sentías el gas que las mantenía vivas, un gas suave y dulce, muy extraño. Vimos unas treinta llamas de distintos tamaños en dos zonas separadas unos diez o quince metros, la naturaleza nos sorprendía de nuevo.

En aquel lugar sólo estábamos nosotros y los franceses. Cuando ya nos disponíamos a descender oímos gritar a la mujer. Nos acercamos hasta donde se encontraba, en el suelo, e intentamos ayudarla a levantarse, no podía. Estuvimos un rato esperando a que se recuperara, ella decía que se había roto algo, había oído un crujido, le dolía mucho. La situación se volvió incómoda, la mujer trataba fatal al marido, como si fuera tonto, y por otra parte no hacía ningún esfuerzo por levantarse; mientras el marido no era capaz de hacer nada, ni tomar decisiones, ni levantarla. Al final Rafa y yo les propusimos bajar y pedir ayuda, ella dijo que sí, que llamáramos a una ambulancia, y empezó a decir que necesitaba morfina y algo para entablillarle la pierna. Bajamos y le contamos al guarda lo que había pasado. Otro trabajador más joven llamó por teléfono y pidió la ambulancia, y acto seguido subió a ver lo que ocurría. Como nos sentíamos un poco responsables decidimos quedarnos allí, preparar algo para cenar y esperar a ver el desenlace. Al rato bajó el chico y nos dijo que la mujer seguía sin querer moverse del sitio, media hora después llegó la ambulancia.

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