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Visitamos la capital turca en dos ocasiones, la primera de ellas llegamos el 20 de diciembre, esa mañana nos despertamos con carámbanos de medio metro colgando de la furgoneta, en una gasolinera a cien kilómetros de la ciudad, había pegado una buena helada. La enorme urbe se nos presentó como cualquier otra ciudad, con un tráfico horrible y denso, aunque los accesos eran bastante mejores que los de Estambul. A tal incomodidad había que unirle el frío, protagonista en ambas visitas. Aparcamos en el moderno y lujoso barrio de Maltepe para buscar la oficina de turismo.
Lo primero que hicimos al llegar fue pedir un plano de la ciudad y preguntar al hombre la ubicación de las distintas embajadas a las que teníamos que ir, al fin y al cabo el principal motivo de nuestra visita era tramitar visados de los siguientes países que seguían a Turquía en nuestro viaje y que teníamos intención de visitar, Irán, Pakistán, Turkmenistán y Uzbekistán. El hombre resultó muy solícito y amable.
Nos pusimos a andar con el objetivo de imprimir una fotos para nuestros amigos de An´Namatah, era algo que queríamos hacer desde hacía un tiempo. Mientras íbamos andando nos encontramos con una ciudad moderna, con altos y cuidados edificios y anchas calles, muchas de ellas transformadas en bulevares, parecía una ciudad que nada tenía que envidiar de las grandes urbes europeas. Llegamos a una avenida, por su anchura similar al Paseo de la Castellana, que tenía un enorme edificio acristalado, era un centro comercial, en el que entramos para ver si había alguna tienda de fotografía, no hubo suerte. Continuamos paseando (evitando el hielo formado en las calles) por una zona peatonal en el distrito de Kizilay, abarrotada de gente, con multitud de comercios y restaurantes de comida rápida. Aquí si encontramos nuestra tienda y en un hora nos dieron las fotografías impresas.
Comimos en un restaurante y volvimos hacia la furgoneta, condujimos hasta uno de los principales barrios, Ulus, en busca de un hotel económico. Tras preguntar en tres o cuatro encontramos el Hotel Aydos, que por fuera parecía una casa otomana y a la entrada dos estatuas de leones custodiaban la puerta. El lugar nos enamoró de inmediato, todo el suelo del hotel, incluidas las escaleras, estaba enmoquetado en rojo con aparente falta de higiene y más polvo del deseado, las puertas de las habitaciones estaban tapizadas en cuero negro, con chinchetas para sujetarlo a los marcos, en la entrada un hombre muy educado junto a una estufa nos trató como a reyes, invitándonos a té antes de ver las habitaciones.

