La mañana del 27 de enero el sol apareció, y se quedó, por primera vez en mucho tiempo. Esto nos animó a visitar Amasya, una pequeña ciudad a treinta kilómetros de la nacional que une Samsun con Ankara, a menos de dos horas del mar Negro.

Tal vez fuese por el buen tiempo o tal vez porque era viernes, el caso es que la ciudad rebosaba actividad por todos los rincones. Nos introducimos en el fluir de gentes de un lado para otro, y recorrimos gran parte de sus calles antes de la hora de comer (nuestra hora de comer, porque algunos turcos ya habrían acabado la digestión). En el Atatürk Bulvari, la gran arteria de la ciudad, se mezclaban vendedores de todo tipo con mujeres y hombres que, como nosotros, parecían andar sin rumbo fijo. Había cola en todos los expendedores de dinero y las tiendas de móviles parecían a pleno rendimiento, ésta es la Turquía de la Unión Europea, la que hemos visto por todas partes, desde el Kurdistán hasta la frontera griega.

Nuestros pasos nos llevaron hasta la gran mezquita Sultán Beyazit II cuya visita dejaríamos para el día siguiente, y de allí al río, al lugar perfecto para iniciar el regreso a la furgoneta. Las casas de madera se extendían a lo largo de medio kilómetro por la orilla opuesta, un bonito paseo peatonal permitía disfrutar de las vistas; aquí nos encontramos con la estatua de Estrabón, el historiador, y de más de una decena de sultanes que habían dejado huella en la ciudad.

No podíamos dormir en el lugar en el que habíamos aparcado, así que cogimos la furgo y buscamos un lugar mejor, más tranquilo y apartado del bullicio. Nos preparamos un festín a base de köfte (carne picada), patatas y tomates, y pasamos la tarde trabajando y leyendo. No faltó, antes de cenar, la visita al internet café, éste era ultramoderno, con todos los monitores extraplanos y una velocidad de transmisión nunca vista en mármol. Creo que fue en esta ocasión cuando Rafa encontró en su buzón una respuesta de la revista Mas Viajes, ofreciéndonos la posibilidad de escribir un relato (y quizás más en el futuro) sobre alguna de nuestras aventuras. Junto a ella había respuestas de otras empresas como Spanair, cuya negativa se debía a la "falta de presupuesto", ¡pero si nosotros no les habíamos pedido dinero! Pocas respuestas más, o ninguna, hemos recibido a esta tanda de emails que enviamos en busca de colaboración, como bien dijeron los de Repsol: ¿quiénes sois?, aquí sólo ayudamos a los que no lo necesitan, como Carlos Sainz o Fernando Alonso...

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