Dejábamos Estambul por un tiempo, tras mi fugaz aunque intenso viaje a Madrid. Llegué bastante cansado del viaje, así que cuando Silvia me recogió en el aeropuerto enseguida nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente me encontraba un poco desubicado, le dije a Silvia que, antes de irnos hacia la región del Mar de Mármara, fuésemos a ver Santa Sofía y la Mezquita Azul. Tras verlas de nuevo ya tomé plena conciencia de donde estaba. Podíamos continuar.

Tardamos cerca de una hora en encontrar uno de los dos puentes que cruzan hacia la parte asiática. Una vez allí y después de comprar agua para llenar el depósito, paramos unos minutos para ver la perspectiva de la ciudad desde este lado, donde, por ejemplo, se puede ver totalmente el enorme palacio de Topkapi.

Comenzamos viaje, nuestra siguiente parada, Iznik, ciudad origen de los azulejos que cubren gran parte de los edificios históricos del país. La distancia hasta allí no es demasiada, pero pronto comprobaríamos que el baremo distancia-tiempo no tenía la misma equivalencia aquí que en España. Condujimos por la carretera nacional que circula junto al mar de Mármara, una zona, sobre todo al principio, con cierto aspecto de dejadez. Paramos para echar gasolina bajo la mirada curiosa del trabajador, que nos invitó a un té, costumbre muy común y frecuente en todo el país.

Continuamos conduciendo hasta Karamürsel, donde compramos leche y preguntamos por la comarcal que no éramos capaces de encontrar nosotros mismos. Tras unas vueltas de más por fin la encontramos, subiendo cuesta arriba por la ciudad, en bastante mal estado. Enseguida se puso a serpentear, aunque la calidad del pavimento mejoró algo. Ya era de noche así que a los pocos kilómetros decidimos parar junto a una fuente en la carretera, a unos 20 Km de Iznik.

 

 

Ir a fotos de la crónica
Index crónicas de Europa
Sigue
Merve y su Padre
Volver a Oriente Medio
Fuente junto a la que dormimos