Al cruzar el río vimos a unos hombres manipulando una de las norias, la pusieron en marcha durante unos segundos, el ruido que hacía era bastante fuerte. Todas las norias moviéndose a la vez debían producir un sonido ensordecedor en el pasado.

El paseo de vuelta por la otra orilla discurre entre calles estrechas de piedra, donde se esconden algunos talleres de artesanos, un par de colegios y una mezquita muy antigua. Los niños se nos echaron encima enseguida, pero pudimos calmarlos haciéndoles unas fotografías y enseñándoselas después.

Nada nos retenía allí, Palmira, la perla del desierto, nos esperaba. Retrocedimos hasta Homs y aunque intentamos evitar atravesarlo no fuimos capaces, al final nos vimos inmersos en el fluido tráfico de sus calles. Tardaríamos media hora, como mínimo, en encontrar el buen camino; sin embargo tampoco estábamos seguros de que lo fuera porque el mapa mostraba una carretera y aquello parecía un camino de cabras medio asfaltado. La cosa mejoró al cabo de treinta kilómetros, aunque se parecía más a una comarcal de segunda que a una nacional. El paisaje era aterrador, no había nada, un desierto aburrido y monótono en un día gris, nada que ver con los desiertos del sur de Jordania.

Tras algo más de ciento cincuenta kilómetros llegó la desviación, una montaña escondía el oasis donde vivió la Reina Zenobia y su marido asesinado, el Rey Odenat. Eran las dos de la tarde y estaba todo muy tranquilo. La carretera principal nos llevó hasta la entrada del pueblo, donde se encuentra la oficina de turismo y el Museo de Palmira, en ese punto se puede girar a la derecha hacia los restos arqueológicos. Allí estábamos, junto al gran Arco del Triunfo, cuando un hombre vino a ofrecernos un lugar para acampar a unos doscientos metros de allí. Y así llegamos al Jardín de Musa, un enorme hombre de ojos verdes con el que negociamos una estancia de dos noches por 700 LS (10 euros). El lugar era perfecto, con las palmeras datileras, un granado y algunos árboles más, agua caliente y electricidad. Estaba un poco alejado del pueblo, algo más de quince minutos andando, pero el paseo hasta allí era agradable. Esa noche tres o cuatro franceses dormían en la casa con los sacos, Musa nos ofreció cenar con ellos, iba a prepararles un plato típico: mensaf (pollo guisado sobre arroz hervido), le dijimos que no, ya lo habíamos degustado en Al-Nnamatah varias veces.

Esa tarde fuimos al pueblo al atardecer, primero dejamos a la derecha el Palacio de Bel, y luego a la izquierda la larga avenida columnada coronada en lo alto de la montaña por el castillo Qal'at Ibn Maan.

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