![]() |
| |
Dejamos Palmira y continuamos en dirección al Río Eúfrates, la cuna de la civilización, Al-Furat, como es llamado por los árabes. Pero en realidad también era un pequeño viaje a la más profunda Siria, por una carretera que discurría por un extenso y árido desierto, un lugar con condiciones de vida muy duras.
Nuestra primera idea había sido ir hacia los importantes yacimientos de Dora Europos y Mari, junto a la frontera con Irak, imponía la cercanía. Incluso preguntamos si era un lugar seguro para ir, pero finalmente desistimos ya que nos pillaba algo lejos de Palmira y hubiéramos ido con el tiempo muy apretado, (ambos lugares eran seguros, según nos dijeron). Íbamos dejando carteles dirección a Irak, estábamos realmente cerca, resultaba extraño pensar que a unos doscientos kilómetros estaban en guerra. La verdad es que no sabíamos muy bien donde ir, mientras los monótonos kilómetros pasaban. Finalmente vimos un castillo que estaba remarcado a unos cincuenta kilómetros, Qasar al Hayr, el lugar ideal para dormir, aunque nos alejábamos del Eúfrates. Cogimos una desviación hacia la izquierda y pasamos por un pueblo, buscando un cartel que indicara la dirección. Estaba destartalado, con muchas casas a medio construir, las calles sin asfaltar, esquivando gallinas, muy pobre. Paramos a preguntar y nos respondió medio pueblo, que se acercaba curioso. Por fin llegamos a un camino medio asfaltado, los pocos coches que circulaban lo hacían paralelamente, por el desierto, desde luego era más estable. Tras un largo rato dando botes divisamos el castillo. Un cartel medio caído en dirección a una solitaria casa indicaba la venta de las entradas. Al llegar salió un niño que nos saludo, al instante salió otra niña y dos mujeres. Sacaron una pequeña caja con los tickets, mientras nos miraban como a bichos raros. Les preguntamos si podíamos dormir allí y no nos entendieron, así que nos fuímos. Dejamos a la familia mirándonos como el que ha visto una nave espacial. La carretera acababa en el castillo, así que aparcamos junto a la puerta de entrada. Estaba hecho polvo, pero el lugar era tranquilo, sólo teníamos a nuestro alrededor una haima de beduinos, a unos doscientos metros.
Al rato de estar allí vinieron algunos de los beduinos, muy agradables, entendimos que no había ningún problema para dormir allí.

