La autopista se encontraba en bastante buen estado, aunque en ocasiones hubieses tres o cuatro coches en dos carriles. Lo que nos aterró fue ver a un par de camiones transportando unos enormes bloques de mármol, con la única sujección de la propia gravedad. Mientras íbamos durante algunos cientos de metros por detrás, algunos restos de los bloques caían sutilmente. Finalmente decidimos alejarnos prudentemente.

Tras dejar la desviación hacía el Líbano a nuestra derecha, cogimos otra que iba directamente al castillo y a los pocos kilómetros de andar por la carretera lo divisamos, en lo alto de una montaña. Hay un pequeño pueblo justo bajo el castillo que sin duda, vive gracias a él. Tras subir dos empinadas cuestas llegas a un aparcamiento, junto al castillo, que impresiona a la primera vista, con sus altas murallas y portones de entrada, todo en un estado de conservación envidiable. Al aparcar vinieron varios hombres a ofrecernos postales o libros. Hubo uno en castellano que nos pareció interesante, tras rebajarle tres dolares el precio inicial lo compramos. Mientras comíamos vino otro hombre, en muletas, que nos preguntó en un inglés de andar por casa si íbamos a visitar el castillo, le dijimos que no, que lo visitaríamos al día siguiente, a lo que nos respondió que vendría a vigilarnos la furgoneta. Le comentamos que no hacía falta, pero no nos hizo mucho caso.

Ya entrada la noche apareció un todo-terreno, preparado para el desierto, con sus amortiguadores alzados unos centímetros, sus depósitos de gasolina extras y sus placas para la arena, se le veía trabajado. Aparcó a nuestro lado y bajó un hombre, entrado en años, solo, de aspecto descuidado y duro, un tanto siniestro, con barba desaliñada y despeinado, unos vaqueros llenos de polvo y una camiseta sucia. Se acercó a nuestra furgoneta y se presentó, Luke, holandés. Le invitamos a un café y nos pusimos a charlar, parecía que tenía bastantes ganas. Nos explicó que éste era su cuarto o quinto viaje por esta zona, que era viudo desde hacía unos años y que iba a Sudáfrica, pasando por Siria, Jordania, Egipto, Sudán, etc. Era un solitario, algo triste, un poco pasado de vueltas de todo, por algunos comentarios que nos hacía. Pero era agradable, de esos individuos que cada vez que dicen algo te sorprenden, muchas experiencias. Había trabajado en los pozos de petróleo de Qatar durante mucho tiempo, nos dijo que conocía casi todo el mundo; uno de los "incentivos" de trabajar allí era que la propia empresa ponía a su disposición un avión para volar a cualquier sitio que eligiese durante las vacaciones

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Un Muro del Crac
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