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La entrada a Alepo fue algo parecido a montar en la noria. Es un auténtico caos circulatorio, con coches de un lado para otro, sin carriles delimitados, por lo que en una calle que en nuestro país sería de dos carriles, aqui iban 4 ó 5 coches. Por suerte los carteles que indicaban lugares estaban en arabe y en inglés, si no hubiese sido así no se como hubieramos llegado al centro.
Seguimos la indicación hacía la ciudadela, por una avenida que subía repleta de coches, de gente, de tiendas, algo verdaderamente estresante, pero también muy vivo. Nos dimos media vuelta girando hacía la izquierda por una bocacalle estrecha, ante la mirada curiosa de todo el mundo. Algunos nos saludaban, otros no, pero todos se nos quedaban mirando. Trás unos diez minutos conseguimos llegar a una calle más o menos tranquila y dejamos la furgoneta junto a un gran parque público. No estabamos muy lejos, o al menos eso creímos en un principio, así que preparamos la mochila y comenzamos a andar. Nuestro primer objetivo era cambiar algunos dolares, ya que no teníamos dinero Sirio. Despues de cambiar dinero, junto al museo, nos adentramos en la ciudad vieja por el mercado de comida. Desde luego para entrar hacía falta un buen estomago, el olor era penetrante y muy fuerte, sobre todo a carne. El suelo estaba lleno de sangre, agua, todo mezclado, había hombres preparando embutido, otros cortaban las piezas de cordero enteras, otros sacabas sesos de cabezas de carnero, otros hacían galletas, despellejaban gallinas, desde luego fue una sensación fuerte, las condiciones sanitarias no existían, tal y como nosotros las conocíamos, sin embargo, todo lo que veiamos tenía un aspecto de primera, la carne roja, los huevos limpios y gordos, etc...., así que cuando se te quitaba la primera impresión lo que te daba era hambre. Es un meracdo cubierto, muy estrecho, de apenas cuatro metros de ancho, repleto de gente y eramos los únicos extranjeros, supongo que los turistas no pasaran mucho por aquí, pero aún asi pasamos desapercibidos.
Al salir del mercado el panorama no variaba mucho, una jungla, no había aceras, en ocasiones la calle estaba sin asfaltar, te podía pasar un hombre montado en burro o las pequeñas camionetas sirias, decoradas con luces y guirnaldas y, todas ellas, con la foto del presidente Al-Assad.

