Quién nos iba a decir que por despistarnos y coger un camino erróneo íbamos a conocer a una gran familia, que nos abriría su casa y su vida entera durante una semana.

Paramos en un pequeño saliente de una carretera tortuosa, dirección Al-Tafila. Sólo se veían acantilados profundos, arena y piedras. Había 4 ó 5 coches aparcados a nuestro lado, pero no le dimos demasiada importancia y nos pusimos a hacer la comida. Algo más tarde nos invitaron a tomar té. Nos sentamos con ellos y nos empezaron a hacer preguntas, había tres policías que hablaban inglés, así que la comunicación fluía bien.

 

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Uno de ellos, Abu Man, estaba preparando pollo con arroz, según nos explicaron, para la fiesta del final del Ramadán. Nosotros no habíamos caído en que acababa ese día, aunque durante todo el mes lo habíamos respetado, sin comer delante de ellos, o incluso ayunando algún que otro día. Era muy curioso cómo lo preparaban, primero limpiaban una zona circular en el propio suelo, la llenaban de leña, lo calentaban y le echaban todos los ingredientes, lo tapaban y lo dejaban una hora haciéndose.

El sol se iba poniendo y la mayoría de ellos (en total habría 15 hombres y algunos niños) se pusieron a rezar. Otro nos dijo que hiciésemos fotos, que no pasaba nada. Al final del rezo y una vez se hubo puesto el sol del todo nos pusimos a comer y a charlar. Éramos los invitados en un día muy especial, así que estuvieron pendientes de nosotros continuamente. Al rato hicimos un fuego y nos pusimos a bailar, primero bailes jordanos y luego me dijeron que bailase algo español. Menos mal que no pude verme, ¡bailando una jota delante de 20 hombres!, pero bueno, al menos se rieron. Allí nos quedamos un buen rato, hasta que nos dijeron que se marchaban, nos preguntaron que dónde íbamos a dormir, les dijimos que ahí mismo, donde estábamos. Enseguida uno de los policías nos dijo que no, que fuéramos a casa de los padres de Bilal, uno de los que andaba por allí. Les dijimos que sí, entusiasmados, habíamos pasado un muy buen rato con ellos.