Antes de buscar un sitio donde bañarnos regresamos hacia el Jordán, habíamos leído en algún sitio que se podía visitar el lugar del bautismo de Jesucristo. En el camino paramos a comprar agua en el único pueblo de la zona. El sitio del bautismo es un reclamo turístico (existe también en Israel), y piden 10 JD para entrar, cantidad que nos pareció desorbitada, nos dimos media vuelta sin pensarlo dos veces.

Quince kilómetros al sur del aparcamiento en el que habíamos dormido se encuentra el complejo turístico llamado Amman Beach cuya entrada cuesta 4 JD. A este lugar se acercan los jordanos a bañarse y también se ven turistas extranjeros. Algo más al norte existen varios complejos de 'lujo' para turistas, nos pedían 20 JD a cada uno por entrar, otro robo a mano armada.

En el aparcamiento vimos un autobús de Alemania con un carromato a cuestas, resultó ser un grupo de unos cuarenta alemanes que viajan en el autobús y duermen en la megacaravana que hay detrás; estos alemanes no dejan de sorprendernos.

En la Playa de Amman hay todo lo necesario para que el baño en el Mar Muerto sea agradable: duchas, tumbonas, sillas y mesas, zona para barbacoas, kioscos con bebidas frías y restaurante. Nosotros nos alquilamos unas sillas por medio dinar y pasamos un par de horas o tres en el lugar, una experiencia divertida. Aprovechamos las duchas como ningún otro visitante, no siempre tenemos acceso a una ducha de agua caliente. Terminamos de amortizar la entrada llenando el depósito de 10 litros destinado a usos variados, uno de los vigilantes nos hizo el favor de llenarlo.

Poco más hay que hacer en el Mar Muerto, no hay pueblos y hace mucho calor; pero si se pueden visitar algunos barrancos y las aguas termales de Hamamat Ma'in. La carretera que lleva hasta allí es nueva, tanto que creemos que no está inaugurada porque no todo el mundo la conocía y en su punto más alto tiene una barrera un tanto virtual. Con dudas sobre si el camino era el correcto llegamos hasta allí, no nos cruzamos ni un coche en el trayecto. Un kilómetro antes de llegar encontramos un mirador donde paramos a comer, y allí nos quedamos hasta el día siguiente, disfrutando del atardecer rojo y del posterior cielo estrellado. Por la noche algún beduino debió acercarse con su rebaño y los perros, pero una vez mitigada su curiosidad se marchó sin siquiera llamar a la puerta.

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